“Impulsando el pensamiento crítico”. Cuenta2:@MisColumnas Cuenta3:@Math_Physics_1
Ni tan lejos, ni tan cerca...
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“Mientras muchos buscan dejar un mejor planeta para nuestros hijos, yo me he preocupado de dejar mejores hijos para nuestro planeta”.
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Canciller @MinPerezMac
¿Ya le pidió la renuncia a Zaliasnik?
Tener un embajador imputado en un caso de corrupción deja bastante mal el prestigio de la cancillería.
La diplomacia local no lo merece.
Haga la pérdida y asúmalo, no exponga la imagen de nuestra diplomacia, ni permita que se desangre por simple tozudez del presidente.
Ministro, sáquelo, más vale ponerse una vez rojo que 10 veces colorado.
INDIGNACIÓN GRATIS…👇🏻👇🏻👇🏻
Este es Gabriel Zaliasnik, el nuevo embajador en Israel, quien fue protagonista de una red con Luis Hermosilla para nombrar jueces afines y obtener favores.
Durante el estallido social, Zaliasnik defendió al General Rozas, imputado por violaciones a los derechos humanos, y recibió honorarios gestionados por Loreto Silva, presidenta de ENAP, y Andrés Chadwick.
Los chats revelan gestiones para fijar los honorarios, incluyendo la participación de Chadwick para presionar a Silva.
Prepárese un café, tome asiento cómodamente y lea…
reportea.cl/2026/06/06/a-qui…
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Senador Carter: @rodolfocarter
Usted dice de Evelyn Matthei: “Ojalá que cuando llegue a su edad no termine así”.
No se preocupe tanto por cómo llegará a la edad de Matthei. Preocúpese por cómo está usted llegando intelectualmente a la que hoy tiene.
Porque para refutar una crítica política se necesitan argumentos. Para burlarse de la edad de una mujer basta con esa mezcla bastante más económica de insolencia, machismo aparente y pobreza intelectual.
Evelyn Matthei podrá estar equivocada, acertada, resentida o encantada con la vida. Eso se discute respondiendo lo que dijo. Pero cuando un senador, incapaz de contestar el fondo, decide recurrir a la edad de quien lo critica, no está describiendo a Matthei: se está retratando a sí mismo.
Y el retrato, no le favorece.
Además, señor Carter, empieza a resultar llamativa esa facilidad suya para ensañarse verbalmente con mujeres. Quizás algún día descubra que la virilidad política no consiste en humillarlas ante un micrófono.
Usted espera no terminar como Evelyn Matthei cuando llegue a su edad.
Yo esperaría algo bastante más urgente: que cuando llegue a esa edad haya aprendido educación, respeto y, con algo de suerte, argumentos.
Porque envejecer es inevitable senador. Madurar, por lo visto, no.
Al final, detrás de tanta pose de hombre duro, vuelve a aparecer aquello que ya hemos descrito alguna vez con bastante precisión: usted no es más que un pobre y triste weón.
Atte.,
@MisColumnas
cc @evelynmatthei
Rodolfo Carter trata a Evelyn Matthei de rencorosa: "Ojalá que cuando llegue a su edad no termine así"
biobiochile.cl/noticias/naci…
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BAJO LA LUPA DEL ALGORITMO
Cada vez que alguien dice “el algoritmo me mostró esto”, suele imaginar un cerebro oculto dentro de la red social, una inteligencia misteriosa que decide qué vemos. Un algoritmo es un conjunto de instrucciones para resolver un problema. En redes sociales, ese problema consiste en ordenar una cantidad gigantesca de contenidos y predecir cuáles tienen mayor probabilidad de interesarnos.
La plataforma debe filtrar millones de publicaciones. Para hacerlo recoge señales: qué cuentas seguimos, cuánto tiempo miramos un video, si detenemos el desplazamiento, damos “me gusta”, comentamos, compartimos, guardamos, bloqueamos o abandonamos una publicación a los dos segundos. Incluso no hacer nada entrega información.
Cada acción se convierte en datos y los modelos calculan probabilidades. No preguntan “¿le gustará esto?”, sino algo más parecido a: “dado su historial, ¿cuál es la probabilidad de que vea, haga clic, comente o comparta este contenido?”. El resultado es una puntuación.
Esa puntuación puede considerar afinidad con el autor, tema, actualidad, velocidad de interacción, usuarios parecidos, idioma, hora y otras señales. Cada plataforma pondera esas variables de manera distinta y las modifica continuamente.
Aquí entra la inteligencia artificial. Los algoritmos clásicos seguían reglas explícitas. Los sistemas actuales usan aprendizaje automático: reciben grandes conjuntos de datos y ajustan parámetros internos para mejorar sus predicciones. Entrenan modelos capaces de reconocer patrones.
El mecanismo funciona como un ciclo. La red muestra contenido. Usted reacciona. Esa reacción alimenta al sistema. El sistema modifica su estimación y vuelve a mostrar contenido. Cada vuelta afina una representación matemática de sus preferencias. Por eso basta con detenerse varias veces ante un tema para que, poco después, parezca estar en todas partes.
Pero hay una distinción crucial: el algoritmo no busca necesariamente mostrar “lo mejor”, “lo verdadero” o “lo importante”. Optimiza aquello para lo cual fue diseñado: tiempo de permanencia, interacción, probabilidad de retorno, visualizaciones o clics. En matemáticas, eso se llama función objetivo. Y allí comienza el debate.
Si esa función premia la interacción, el sistema tenderá a privilegiar contenidos capaces de provocarla. La indignación, el miedo, la sorpresa y la polémica generan muchas veces más reacción que la información serena. No porque el algoritmo tenga ideología, sino porque aprende qué produce respuesta. Es una máquina estadística que puede amplificar nuestros sesgos.
También aparecen las “burbujas de filtro”. Si interactuamos reiteradamente con una visión del mundo, el sistema aumenta la probabilidad de mostrarnos contenidos semejantes. La consecuencia puede distorsionar la percepción: creemos que “todo el mundo piensa así”, cuando vemos una selección personalizada de la realidad.
Otro mito: no existe “el algoritmo” como una fórmula única. Una plataforma emplea numerosos modelos: uno recomienda videos, otro ordena comentarios, otro detecta spam, otro selecciona publicidad y otro sugiere cuentas. Es más preciso hablar de un ecosistema algorítmico.
La paradoja: pensamos que usamos las redes sociales, pero mientras las usamos ellas también nos estudian a nosotros.
Cada desplazamiento del dedo es una señal. Cada pausa, una pista. Cada clic, un dato. El algoritmo no nos conoce como un amigo; nos conoce como una distribución de probabilidades.
Y, sin embargo, esa matemática influye en qué noticias vemos, qué música descubrimos, qué productos deseamos, qué personas seguimos e incluso qué asuntos creemos importantes. El verdadero poder del algoritmo no consiste en saber quiénes somos, sino en aprender, cada día un poco mejor, qué consigue que no apartemos la vista.
Por eso la influencia de los bots resulta especialmente peligrosa, porque frente a todo esto, buscan engañar al algoritmo, y está claro que la mayoría de las veces lo logran.
@MisColumnas
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SIGUEN LAS RENUNCIAS
Nuevo cómputo al 06/10/2026
• 53 funcionarios han sido exonerados.
Una renuncia o despido cada 3,8 días. renunciaskast.cl
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El humor negro de ESPN, no creo que les haga mucha gracia a los hinchas azules…🤣🤣🤣 @ESPNChile
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MOVILIDAD SOCIAL SIMBÓLICA
No significa que una persona haya ascendido objetivamente de clase.
Significa que consume suficientes símbolos de la clase superior como para comenzar a identificarse culturalmente con ella, y desde luego, también votar como ella.
Un teléfono de última generación puede caber en el bolsillo de alguien que no tiene cómo enfrentar un mes sin sueldo. Esa mezcla de prosperidad visible y fragilidad económica ofrece una pista sobre el avance de ciertas derechas latinoamericanas.
Propongo llamarlo la hipótesis de la movilidad social simbólica: una persona que se identifica políticamente con la posición que desea ocupar. Su cuenta bancaria sigue abajo; su pertenencia imaginaria ya subió. La batalla cultural consiste, en parte, en administrar esa distancia.
Durante décadas, organizaciones y partidos construyeron identidades alrededor del trabajo y necesidades compartidas. Hoy esas pertenencias compiten con una vitrina planetaria. La medida del éxito es el influencer y el empresario que exhibe su Rolex y asegura que cualquiera puede conseguirlo. El premio Nobel necesita desarrollar un argumento; el millonario sólo necesita mostrar el automóvil.
Querer vivir mejor es legítimo. La cuestión es qué entendemos por mejorar. Comprar bienes puede ampliar el bienestar, pero no equivale a adquirir patrimonio, estabilidad o autonomía. El crédito permite adelantar el consumo sin adelantar la seguridad. Primero se compra la apariencia; después se trabaja para financiarla.
El ascensor tiene espejo, aunque no siempre tenga motor.
La vulnerabilidad es real: el informe económico latinoamericano de la OCDE de 2025 sitúa en 55,1% la informalidad laboral regional. Sobre ese suelo puede levantarse una identidad de triunfador en espera. El empleado se imagina empresario; el endeudado, inversionista; el trabajador sin protección, enemigo de regulaciones que también podrían protegerlo. No cambió necesariamente de clase: cambió de equipo imaginario.
Ahí ciertas derechas han encontrado una oportunidad. Ofrecen pertenencia al mundo del éxito. Un impuesto a las grandes fortunas puede sentirse como agresión personal para quien jamás lo pagará. No defiende su patrimonio actual; defiende el patrimonio imaginario que supone destinado a tener. Es el mismo club, pero con membresías diferentes: unos cobran dividendos y otros pagan cuotas.
El relato libertario encaja en esa experiencia: eres una empresa, tu vida es una inversión y el Estado es el obstáculo. La frustración encuentra culpables; la complejidad pierde audiencia. Explicar desigualdad o protección social exige tiempo. Decir «te están robando» cabe en un video. La agresividad incluso puede presentarse como coraje: atropellar al otro se confunde con abrirse camino.
Las redes ofrecen condiciones para amplificar ese lenguaje. No vuelven derechista a nadie por sí solas, pero hacen cotidianas la comparación, la indignación y la exhibición. Los bots y las noticias falsas pueden reforzar pertenencias previas: lo conveniente se acepta; lo incómodo se descarta. La verdad corre el riesgo de convertirse en un servicio personalizado.
La izquierda tampoco puede refugiarse en su superioridad intelectual. La inflación, la inseguridad, la corrupción y las promesas incumplidas importan. Quien salió de la pobreza quiere avanzar, no recibir eternamente una felicitación por haber salido. Si la política ofrece esperas interminables, alguien venderá atajos. La socialdemocracia nórdica inspira; difícilmente satisface la urgencia de llegar a fin de mes. Dinamarca, Noruega y Finlandia quedan demasiado lejos no sólo geográficamente.
Obviamente esta hipótesis no explica cada elección. Invita a mirar al ciudadano que cambió mientras la política repetía sus discursos. La derecha llama batalla cultural a esa disputa. Su victoria más rentable quizá sea la siguiente: conseguir que alguien defienda los privilegios de una clase a la que no pertenece, mientras paga intereses por parecerse a ella.
@MisColumnas
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LA AUSTERIDAD CON TARJETA DE CRÉDITO
El Gobierno acaba de poner sobre la mesa una contradicción difícil de disimular: mientras reduce programas, invoca la austeridad como principio rector y promete un Estado más liviano, solicita al Congreso autorización para endeudar al país hasta por US$25.600 millones. No es precisamente el tipo de coherencia fiscal que cabría esperar de quienes durante años hicieron de la deuda pública una de sus principales banderas de alarma.
Conviene precisar algo: esos US$25.600 millones no significan que la deuda pública vaya a aumentar automáticamente en igual monto. La autorización incluye amortizaciones e intereses de deuda existente. Pero tampoco es una cifra decorativa. El Gobierno pide al Congreso una capacidad de endeudamiento US$7.600 millones superior a la contemplada originalmente para 2026. Curioso cinturón fiscal: se aprieta en educación, pero se afloja cuando llega la hora de pedir prestado.
La contradicción es aún más llamativa. La administración ha impulsado una rebaja del impuesto corporativo y beneficios para grandes inversiones bajo la promesa de estimular crecimiento y empleo. Mientras se pretende recaudar menos por esa vía, se solicita una autorización elevada para financiar al Estado. Menos ingresos y más necesidad de deuda no parecen precisamente la definición escolar de austeridad.
Durante años, quienes hoy gobiernan describieron la deuda pública como si Chile estuviera a minutos de rematar La Moneda. Sin embargo, la deuda bruta del Gobierno Central cerró 2025 cerca de US$155.000 millones, equivalente a 41,5% del PIB, y durante 2026 ha rondado el 42%. No eran US$41.000 millones: era aproximadamente 41% del producto. Y el propio Gobierno fijó como ancla fiscal un 45%. Hay margen, sí; pero no es infinito.
Lo asombroso es el cambio de catecismo. Ayer endeudarse era hipotecar el futuro de nuestros nietos. Hoy se llama “gestión de pasivos”. Ayer el déficit era irresponsabilidad. Hoy se proyecta para 2027 un déficit estructural de 1,8% del PIB y se lo presenta como disciplina. Extraordinaria alquimia: cuando la deuda la contrae el adversario es despilfarro; cuando la contraigo yo, es ingeniería financiera.
Y aquí aparece la pregunta que el Congreso debe formular: ¿para qué se quiere semejante autorización? Una parte servirá para refinanciar vencimientos. Otra cubrirá déficit y operaciones bajo la línea, según explicó el ministro Jorge Quiroz. Entonces corresponde exigir cuánto refinancia deuda antigua, cuánto constituye deuda nueva, su costo, plazo y destino. US$25.600 millones no son una caja chica.
Más aún cuando el Presupuesto 2027 recorta programas y elimina por ejemplo el plan “Yo elijo mi PC”. La austeridad, al parecer, posee una curiosa sensibilidad social: encuentra rápidamente el ahorro en un computador para un niño vulnerable, pero pierde el lápiz rojo cuando aparecen miles de millones de dólares en deuda.
Compararlo sin pruebas con las operaciones financieras de la dictadura sería afirmar más de lo que hoy sabemos. Pero recordar esa historia sí es pertinente: cuando el Estado asume deuda o riesgos de gran escala, la transparencia debe ser absoluta. Chile ya aprendió lo costoso que puede ser socializar pérdidas mientras ciertos privados conservan ganancias.
El problema no es que un Estado se endeude. El problema es predicar austeridad con una mano, reducir ingresos con la otra y extender después una tercera, porque para esta contabilidad hace falta, para pedir US$25.600 millones.
No parece un milagro económico. Parece algo más pedestre: gastar menos donde se ve, recaudar menos donde incomoda y pedir prestado donde la cuenta quedará para después.
La motosierra, finalmente, también funciona a crédito.
@MisColumnas
Canciller @MinPerezMac
¿Ya le pidió la renuncia a Zaliasnik?
Tener un embajador imputado en un caso de corrupción deja bastante mal el prestigio de la cancillería.
La diplomacia local no lo merece.
Haga la pérdida y asúmalo, no exponga la imagen de nuestra diplomacia, ni permita que se desangre por simple tozudez del presidente.
Ministro, sáquelo, más vale ponerse una vez rojo que 10 veces colorado.
INDIGNACIÓN GRATIS…👇🏻👇🏻👇🏻
Este es Gabriel Zaliasnik, el nuevo embajador en Israel, quien fue protagonista de una red con Luis Hermosilla para nombrar jueces afines y obtener favores.
Durante el estallido social, Zaliasnik defendió al General Rozas, imputado por violaciones a los derechos humanos, y recibió honorarios gestionados por Loreto Silva, presidenta de ENAP, y Andrés Chadwick.
Los chats revelan gestiones para fijar los honorarios, incluyendo la participación de Chadwick para presionar a Silva.
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Ahora viene el turno de Flores.
⭕️ AHORA | Mayoría de Kast en el Senado contra las cuerdas: Corte confirma desafuero de Calisto
Revisa los detalles ⬇️
elmostrador.cl/noticias/pais…
Senador Carter: @rodolfocarter
Usted dice de Evelyn Matthei: “Ojalá que cuando llegue a su edad no termine así”.
No se preocupe tanto por cómo llegará a la edad de Matthei. Preocúpese por cómo está usted llegando intelectualmente a la que hoy tiene.
Porque para refutar una crítica política se necesitan argumentos. Para burlarse de la edad de una mujer basta con esa mezcla bastante más económica de insolencia, machismo aparente y pobreza intelectual.
Evelyn Matthei podrá estar equivocada, acertada, resentida o encantada con la vida. Eso se discute respondiendo lo que dijo. Pero cuando un senador, incapaz de contestar el fondo, decide recurrir a la edad de quien lo critica, no está describiendo a Matthei: se está retratando a sí mismo.
Y el retrato, no le favorece.
Además, señor Carter, empieza a resultar llamativa esa facilidad suya para ensañarse verbalmente con mujeres. Quizás algún día descubra que la virilidad política no consiste en humillarlas ante un micrófono.
Usted espera no terminar como Evelyn Matthei cuando llegue a su edad.
Yo esperaría algo bastante más urgente: que cuando llegue a esa edad haya aprendido educación, respeto y, con algo de suerte, argumentos.
Porque envejecer es inevitable senador. Madurar, por lo visto, no.
Al final, detrás de tanta pose de hombre duro, vuelve a aparecer aquello que ya hemos descrito alguna vez con bastante precisión: usted no es más que un pobre y triste weón.
Atte.,
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Rodolfo Carter trata a Evelyn Matthei de rencorosa: "Ojalá que cuando llegue a su edad no termine así"
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Replying to @DecioMachadoF
Aquí la versión en español.
Reseña del libro "Las redes del caos"
De Max Fisher.
Un portentoso trabajo de investigación periodística que revela qué se esconde tras los likes y la aparente frivolidad de las redes sociales. al tiempo que describe una sociedad peligrosamente a merced de unos gigantes tecnológicos que eluden cualquier principio ético ante la perspectiva del lucro.
En 2018. un grupo de investigadores descubrió que el algoritmo de YouTube podía identificar correctamente un vídeo de un niño semidesnudo y determinar que esa característica era el atractivo de la grabación. al tiempo que lo promocionaba entre usuarios que buscaban contenido pedófilo. En Facebook tardaron poco en darse cuenta de que los usuarios pasaban muchas más horas en su página cuando las informaciones que leían sobre vacunas eran alarmistas o conspirativas. con lo que no dudaron en promocionar ese tipo de publicaciones. en especial entre grupos de madres.
Las redes sociales son probablemente el mayor experimento colectivo de la humanidad y su influencia es mucho más profunda de lo que imaginamos. Nuestras mentes. hijos y democracias están a merced de una industria carente de toda ética cuyo único objetivo parece ser apropiarse de nuestro tiempo y atención.
Basándose en años de reportajes en todo el mundo. Max Fisher cuenta la historia de cómo Meta. Twitter. YouTube y otras redes sociales han explotado la fragilidad psicológica de sus usuarios para crear algoritmos que potencien la radicalización. el extremismo y la violencia. Todo ello con un único objetivo: maximizar sus beneficios y la cuenta de resultados de sus empresas.
BAJO LA LUPA DEL ALGORITMO
Cada vez que alguien dice “el algoritmo me mostró esto”, suele imaginar un cerebro oculto dentro de la red social, una inteligencia misteriosa que decide qué vemos. Un algoritmo es un conjunto de instrucciones para resolver un problema. En redes sociales, ese problema consiste en ordenar una cantidad gigantesca de contenidos y predecir cuáles tienen mayor probabilidad de interesarnos.
La plataforma debe filtrar millones de publicaciones. Para hacerlo recoge señales: qué cuentas seguimos, cuánto tiempo miramos un video, si detenemos el desplazamiento, damos “me gusta”, comentamos, compartimos, guardamos, bloqueamos o abandonamos una publicación a los dos segundos. Incluso no hacer nada entrega información.
Cada acción se convierte en datos y los modelos calculan probabilidades. No preguntan “¿le gustará esto?”, sino algo más parecido a: “dado su historial, ¿cuál es la probabilidad de que vea, haga clic, comente o comparta este contenido?”. El resultado es una puntuación.
Esa puntuación puede considerar afinidad con el autor, tema, actualidad, velocidad de interacción, usuarios parecidos, idioma, hora y otras señales. Cada plataforma pondera esas variables de manera distinta y las modifica continuamente.
Aquí entra la inteligencia artificial. Los algoritmos clásicos seguían reglas explícitas. Los sistemas actuales usan aprendizaje automático: reciben grandes conjuntos de datos y ajustan parámetros internos para mejorar sus predicciones. Entrenan modelos capaces de reconocer patrones.
El mecanismo funciona como un ciclo. La red muestra contenido. Usted reacciona. Esa reacción alimenta al sistema. El sistema modifica su estimación y vuelve a mostrar contenido. Cada vuelta afina una representación matemática de sus preferencias. Por eso basta con detenerse varias veces ante un tema para que, poco después, parezca estar en todas partes.
Pero hay una distinción crucial: el algoritmo no busca necesariamente mostrar “lo mejor”, “lo verdadero” o “lo importante”. Optimiza aquello para lo cual fue diseñado: tiempo de permanencia, interacción, probabilidad de retorno, visualizaciones o clics. En matemáticas, eso se llama función objetivo. Y allí comienza el debate.
Si esa función premia la interacción, el sistema tenderá a privilegiar contenidos capaces de provocarla. La indignación, el miedo, la sorpresa y la polémica generan muchas veces más reacción que la información serena. No porque el algoritmo tenga ideología, sino porque aprende qué produce respuesta. Es una máquina estadística que puede amplificar nuestros sesgos.
También aparecen las “burbujas de filtro”. Si interactuamos reiteradamente con una visión del mundo, el sistema aumenta la probabilidad de mostrarnos contenidos semejantes. La consecuencia puede distorsionar la percepción: creemos que “todo el mundo piensa así”, cuando vemos una selección personalizada de la realidad.
Otro mito: no existe “el algoritmo” como una fórmula única. Una plataforma emplea numerosos modelos: uno recomienda videos, otro ordena comentarios, otro detecta spam, otro selecciona publicidad y otro sugiere cuentas. Es más preciso hablar de un ecosistema algorítmico.
La paradoja: pensamos que usamos las redes sociales, pero mientras las usamos ellas también nos estudian a nosotros.
Cada desplazamiento del dedo es una señal. Cada pausa, una pista. Cada clic, un dato. El algoritmo no nos conoce como un amigo; nos conoce como una distribución de probabilidades.
Y, sin embargo, esa matemática influye en qué noticias vemos, qué música descubrimos, qué productos deseamos, qué personas seguimos e incluso qué asuntos creemos importantes. El verdadero poder del algoritmo no consiste en saber quiénes somos, sino en aprender, cada día un poco mejor, qué consigue que no apartemos la vista.
Por eso la influencia de los bots resulta especialmente peligrosa, porque frente a todo esto, buscan engañar al algoritmo, y está claro que la mayoría de las veces lo logran.
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Una renuncia o despido cada 3,8 días. renunciaskast.cl
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"Los algoritmos de recomendación no fueron diseñados con una afinidad ideológica por la extrema derecha, pero descubrieron rápidamente que el resentimiento racial, la paranoia nacionalista y el pánico identitario generaban las mayores tasas de interacción. El sistema aprendió a empujar a los usuarios ordinarios hacia la derecha radical porque ahí es donde la atención se vuelve más visceral [...] Lo que antes eran ideologías marginales confinadas a los rincones oscuros de la web (como foros supremacistas o extremistas) fue integrado directamente en los feeds de noticias de millones de ciudadanos comunes gracias a los motores de optimización de contenido [...] El verdadero triunfo de la extrema derecha en la era digital no fue convencer a la gente mediante debates racionales, sino utilizar las cámaras de eco para convertir la frustración social dispersa en una identidad política tribal rabiosa y dispuesta a la movilización."
Max Fisher / The Chaos Machine: How Social Media Rewired Our Brains and Our World (2022)