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Me gusta hablar con quien le gusta hablar de Jesús. Aquí comparto mis pensamientos.

São Paulo, Brasil
Joined March 2019
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Señor, cuando tenga la tentación de mirar todo lo que me falta, enséñame a reconocer también todo lo que ya me has dado. Y cuando me decepcione la vida que imaginé, dame la valentía de abrazar la vida que tú estás construyendo para mí. ❤️‍🩹
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Seguir a Cristo nunca fue una invitación a sumarlo a la vida que ya tenemos, sino a entregarle la vida entera. Tomar la cruz es aceptar que no todo en nosotros puede permanecer como está. Es dejar morir el orgullo que exige tener razón, el apego a la comodidad, la necesidad de ser comprendidos y todo aquello que nos aleja de la voluntad de Dios. Queremos la promesa, pero nos resistimos a la poda. Deseamos la Resurrección, pero tememos morir al hombre viejo. Sin embargo, la cruz no es solo el peso que llevamos, sino también el camino por el que Cristo nos enseña a amar, obedecer y hacernos semejantes a Él. Todos los días cargamos algo. Que no sea la vida antigua que nos aprisiona, sino la cruz que nos conduce a la santidad. Que Cristo sea nuestra prioridad, incluso cuando seguirlo nos cueste aquello que más deseábamos conservar. ❤️
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La inteligencia comienza en el corazón, en el deseo sincero de encontrar la verdad. No basta con saber razonar, también hace falta tener la humildad de reconocer que podemos estar equivocados y la valentía de dejarnos corregir por aquello que descubrimos. Ser verdaderamente inteligente es atreverse a cambiar, abrirse a lo que no conocemos y mirar la realidad sin escondernos de ella. Porque la verdad no se encuentra solamente con una mente lúcida, sino también con un corazón honesto, valiente y dispuesto.
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Señor, que no me avergüence de ser humana, de cansarme o de necesitar ayuda. Enséñame a no confundir la fortaleza con no sentir dolor, ni la fe con tener siempre una respuesta. Dame valor para hacer lo que puedo, humildad para reconocer lo que no puedo y confianza para apoyarme en tu gracia.
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Dos discípulos caminaban de Jerusalén a un pueblo llamado Emaús. Iban tristes. Tres días antes habían visto morir a Jesús, a quien seguían. En el camino, un desconocido se unió a ellos. Era Jesús resucitado, pero tenían los ojos velados y no lo reconocieron. Les preguntó de qué hablaban. Uno respondió con una frase que resume la desesperanza: "Nosotros esperábamos que Él fuera quien redimiría a Israel." Esperábamos. En pasado. No les faltaba fe. Les faltaba futuro. Su esperanza se había quedado en el sepulcro. Y mientras decían que todo había terminado, Aquel que lo cambiaba todo caminaba a su lado. Cuando por fin lo reconocieron, al partir el pan, dijeron: "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino?" Ardía, y no lo sabían. Hay momentos en que sentimos que Dios se fue. Que lo esperado ya no vendrá. Pero a veces no se fue. Camina a nuestro lado, a un paso que la tristeza no deja ver. Cristo no se aleja de quien se siente solo. Se pone a caminar con él.
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Señor, dame esperanza para seguir adelante, paciencia para atravesar lo que no puedo cambiar hoy y fidelidad para no descuidar mi vida mientras espero. Que mis deseos de un mañana mejor me ayuden a vivir con más amor el día que tengo delante, y no me roben la paz de este momento.
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Tolstói escribió "¿Cuánta tierra necesita un hombre?": a Pahom le prometen toda la tierra que logre recorrer a pie entre el amanecer y el atardecer. Corre sin detenerse. Cada vez que podría parar, ve un terreno mejor y sigue. Llega al punto de partida justo cuando se pone el sol, y cae muerto. Lo entierran en una tumba de apenas dos metros. Tolstói no condena el trabajo ni el progreso. Muestra cómo la ambición puede volverse una carrera sin meta: siempre un poco más. Y hay una pregunta que casi nunca hacemos antes de empezar a correr: ¿para qué? "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?" (Marcos 8:36) Cristo no promete tierra. Promete descanso. "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré." (Mateo 11:28) Pahom necesitó toda una vida para descubrir cuánto necesitaba. Lo suficiente nunca estuvo en la tierra. Estaba en Él.
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Señor, dame sabiduría para reconocer cuándo debo actuar y cuándo me corresponde esperar. Que no llame prudencia a todos mis miedos ni paciencia a mi resistencia a cambiar. Ayúdame a cumplir mi parte con valentía y a dejar en tus manos aquello que no puedo apresurar.
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Señor, enséñame a esperar sin convertir la espera en el centro de mi vida. Que no deje de agradecer lo que hoy me das por estar pensando en lo que todavía no llega. Y si algo tarda más de lo que quisiera, que la impaciencia no me haga olvidar todo lo que aún puedo vivir mientras tanto.
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Hay noches en que sentís que ya no te queda nada. Ni fuerza, ni ganas, ni palabras para rezar. Te quedás mirando el techo, con el corazón cansado de explicarse. Y justo ahí, Lamentaciones 3 te toma de la mano y te dice algo muy simple: el amor de Dios no se acabó. No se gastó con tus caídas ni se secó con tus dudas. Cada mañana vuelve a nacer, como el pan que se hornea de nuevo, como la luz que entra por la ventana aunque anoche no hayas podido dormir. Y entonces podés decir, bajito, lo que dice el profeta: "Tú eres mi porción". Él es lo que me queda. Y si Él me queda, me queda todo. Cuando la vida se pone pesada, no hace falta correr. Buscá un rincón, apagá el celular, quedate en silencio. Inclinar la cabeza no es rendirse, es descansar. Soltá las preguntas por un rato, que no tenés que resolverlo todo esta noche. Esperá a que la esperanza aparezca, que casi siempre llega despacio, sin avisar, como el amanecer. Y no huyas de lo difícil. Miralo de frente, pero con Él al lado. Porque lo que hoy te parece lo peor nunca es lo último. Dios no se va para siempre. Si alguna vez duele, es una mano que corrige con ternura. Y sus reservas de amor son más grandes que cualquier cansancio tuyo. Así que respirá. Esta noche termina. Y mañana, otra vez, su amor te espera con el sol. Lamentaciones 3:22-33
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Machado de Assis escribió "El alienista": un médico, Simão Bacamarte, abre un manicomio en un pueblo y se propone descubrir dónde termina la razón y dónde empieza la locura. Cada vez que traza un límite, aparece alguien que queda fuera de él. Primero encierra a los evidentemente locos. Después a los exagerados. Después a los vanidosos, a los envidiosos, a los que sufren de más. Casi todo el pueblo termina internado. Cuando el criterio deja de funcionar, lo invierte. Ahora los locos son los equilibrados. Hasta que llega a su conclusión final: el único hombre perfectamente equilibrado es él. Y por eso mismo, el único caso verdadero de locura. Se encierra solo y muere ahí. Machado no se burla de la ciencia. Se burla de algo más antiguo: el hombre que se cree capaz de juzgar a todos desde afuera, sin sospechar nunca de sí mismo. Bacamarte diagnostica, clasifica y separa. Cristo hace algo más: sana. "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos." (Marcos 2:17) No clasificó a nadie para excluirlo. Se acercó justo a los que todos ya habían encerrado: leprosos, publicanos, endemoniados. Y cuando no encontró un solo hombre sano, no se puso fuera de la enfermedad. La tomó sobre sí. "Por sus llagas fuimos sanados." (Isaías 53:5) Bacamarte buscó al hombre perfecto y terminó solo. Cristo no vino por los perfectos. Vino por todos los demás.
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Señor, sé mi guía cuando no conozca el camino y mi descanso cuando las fuerzas me falten. Recuérdame que no necesito recorrer toda la distancia hoy. Basta con dar el paso que tengo delante, con paciencia y confianza, sabiendo que puedo volver a Ti cada vez que necesite recuperar la paz.
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Kierkegaard desconfiaba de la muchedumbre piadosa.
Decía que la masa puede hablar de Dios y, al mismo tiempo, ahorrarle al alma el riesgo de enfrentarlo. Es fácil creer en compañía.
Es otra cosa permanecer solo ante Cristo, sin el calor del consenso, sin el disfraz de lo correcto. Él distinguía entre admirar el cristianismo y seguirlo.
Lo primero consuela. Lo segundo atraviesa. Porque la fe, en su forma más lúcida, no es un ambiente.
Es una relación.
Un yo desnudo delante de un Dios vivo. Cristo no te pide que desaparezcas en el coro.
Te pide que comparezcas.
Y ahí, donde ya no puedes esconderte detrás de nadie, empieza la verdadera vida espiritual.
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Señor, no sé qué voy a encontrar de ahora en adelante. No sé qué personas llegarán, qué sueños cambiarán ni qué caminos todavía tendrán que ser rehechos. Pero quiero seguir. Quiero conocer las cosas buenas que aún no conozco, hacer planes sin desconfianza y sentir que hay lugar para la felicidad en mi vida. Que nunca vuelva al lugar donde estaba solo porque lo desconocido parece aterrador, porque Tú también estarás conmigo allá. Que no me pase la vida tratando de protegerme tanto que termine protegiéndome también de todo aquello que podría hacerme feliz. Dame valentía para vivir, Señor. No una vida sin riesgos, sino una vida en la que el miedo no sea más grande que mis ganas de prosperar. Amén.
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É justamente por pensar nos estudantes que muita gente vota na direita. Quem estuda numa federal sonha com o que vem depois do diploma: um emprego que pague as contas e um país em que dê para morar, comer e planejar o futuro sem sufocar. Isso depende de economia saudável, inflação baixa e espaço para quem empreende e contrata. A universidade pública também é paga por quem trabalha, em cada imposto. Defender a federal é cobrar que esse dinheiro seja bem gasto, que o ensino seja de qualidade e que o diploma abra portas.
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Santiago nos advierte que no alcanza con escuchar la Palabra de Dios, también hay que ponerla en práctica (Stg 1,22). La forma más peligrosa de engañarnos es acostumbrarnos a ser la persona que nosotros mismos criticamos. Al principio, la conciencia incomoda. Después encontramos justificaciones, minimizamos nuestras faltas y aprendemos a convivir con nuestras contradicciones. Hasta que dejamos de preguntarnos si estamos obrando bien y empezamos a buscar razones para creer que no está tan mal. El peligro está en escuchar tantas veces la verdad sin permitir que transforme nuestra vida.
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El verdadero propósito de la feminidad se desvirtúa cuando se mira la maternidad con desdén y los lazos familiares como una atadura. El error del pensamiento moderno es transformar el hogar en un campo de batalla y la libertad en desorden, olvidando la paz de construir en amor.
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Sin embargo, incluso allí, si buscan a Dios, su Dios, podrán encontrarlo si lo hacen en serio, si lo buscan con todo el corazón y toda el alma. Cuando lleguen los problemas y les sucedan todas esas cosas horribles, en los días futuros regresarán a Dios, su Dios, y escucharán en obediencia lo que él diga. Dios, su Dios, es — sobre todo — un Dios compasivo. Al final no los abandonará, no los llevará a la ruina, no olvidará el pacto que hizo con sus antepasados mediante juramento. — Deuteronomio 4:29-31
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El Evangelio de Juan no habla de ideas. Habla de Jesús, que dice "Yo soy". Yo soy el pan, para el que tiene hambre.
Yo soy la luz, para el que camina a oscuras.
Yo soy la puerta, para el que no encuentra entrada.
Yo soy el buen pastor, para el que anda perdido.
Yo soy la resurrección y la vida, para el que está frente a una tumba.
Yo soy el camino, la verdad y la vida, para el que ya no sabe adónde ir.
Yo soy la vid, para el que se secó intentando sostenerse solo. Siete veces lo dice, y cada una responde a una necesidad humana. El mundo ofrece explicaciones. Juan presenta a Alguien. Porque desde la primera línea lo dice: el Verbo se hizo carne. Dios no envió un argumento. Envió una presencia, y habitó entre nosotros. Por eso el libro termina con un sepulcro vacío y con un pescador que lo había negado tres veces junto a una fogata, perdonado junto a otra. Juan no escribió para que entiendas todo. Escribió para que tengas vida.
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Señor, enséñame a mirarme con la misma paciencia con la que Tú conoces mis debilidades. Que pueda reconocer lo que necesito corregir sin tratarme con crueldad, y aceptar mis límites sin usarlos como excusa para dejar de crecer. Dame un corazón humilde, dispuesto a mejorar y agradecido por cada pequeño avance.
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Lázaro estaba enfermo y sus hermanas le avisaron a Jesús, su amigo. Jesús se quedó dos días más donde estaba. Cuando por fin llegó, Lázaro llevaba cuatro días en el sepulcro. Marta le salió al encuentro con la frase que muchos hemos dicho en silencio: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto." No es incredulidad. Es dolor con reproche. Jesús no se defiende ni la corrige. Y sabiendo que en minutos iba a devolverle la vida a su amigo, se detiene frente a la tumba y llora. Lloró aun sabiendo el final. Eso dice lo que ningún argumento puede decir: Dios no siempre explica la demora, pero tampoco mira tu dolor desde lejos. A veces parece que llega tarde. En realidad llega al lugar donde ya no queda ninguna esperanza humana. Porque Dios no siempre evita la tumba. A veces te acompaña hasta ella, llora contigo y la abre.
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