"Es que él gana 50 mil al mes y yo gano 12.
¿Cómo voy a poner lo mismo que él?
Lo justo es que cada quien ponga según lo que gana.
Él gana más, pues que ponga el 80%.
Yo gano menos, pues pongo el 20%.
Eso es lo equitativo."
Y fíjate que tiene razón.
Me encanta.
Proporcional.
Nada más que, si vamos a ser proporcionales, vamos a ser proporcionales en todo, mija.
Tienen tres recámaras. ¿Adivina qué? A ti te toca una. Las otras dos son de él: su estudio y su cuarto de juegos.
¿El clóset? Te toca un cajón, y date de santos.
¿El baño? Tus cremas, tu maquillaje y tus quince shampoos los vas a tener que meter en una cajita. Todo lo demás es de él.
¿La sala? ¿Cómo se acomodan los muebles, de qué color van las paredes? Pues adivina quién decide. El que paga.
¿El carro? Lo usa él casi siempre. Si te lo presta un martes, das las gracias.
¿El internet? Te toca tu 20%. Netflix en calidad baja.
Ahora sí, todo proporcional, como tú querías.
Y no, no estoy hablando de la mujer que dejó de trabajar para criar a los hijos de los dos. Esa ya está aportando.
Estoy hablando de la que ya ganaba poco antes de conocerlo, que escogió una chamba que paga menos, y que ahora quiere que él cubra la diferencia sin que cambie nada más.
¿No te gusta?
No, ¿verdad? Pues entonces deja de llorar.
Porque el problema nunca fue el 50-50.
El problema es que quieres vivir como él sin ganar como él.
Él puede pagar una renta de 30 mil.
La mitad son 15 mil, y eso es más de lo que tú ganas en todo el mes. Entonces, ¿qué haces con él?
Todas repiten como loros que quieren un hombre que gane el doble o el triple que ellas, y luego lloran porque no le pueden seguir el paso.
El problema no es él, mija.
Es lo que escogiste.
Búscate un hombre a tu nivel. Uno con el que puedas rentar un depa de 4 mil, y tú pones tus 2 mil. Cincuenta y cincuenta, sin abuso económico y sin feminismo.
Ah, pero ese no te gusta, ¿verdad? Porque ese no te da el estilo de vida que quieres presumir en Instagram.
Entonces no me digas que buscas justicia.
Lo que buscas es patrocinio.
Y el patrocinio, mija, se gana. No se exige.
Hay emprendedores que son demasiado tacaños para comprarse su propia libertad.
Yo fui uno de esos pendejos.
En el primer negocio que me funcionó quería hacerlo absolutamente todo.
Atender clientes, resolver problemas, supervisar la operación, contestar mensajes.
Podía contratar a un asistente, pagarle a alguien para que se encargara de todas esas tareas.
Pero no.
«¿Para qué voy a pagar diez mil pesos si lo puedo hacer yo?».
Y ahí estaba el cabrón, sintiéndose un genio de las finanzas porque se había ahorrado un sueldo.
¿Pero sabes qué no estaba calculando?
Lo que podía ganar si utilizaba esas diez horas para conseguir nuevos clientes.
Para explorar nuevas oportunidades.
Para abrir otro negocio.
O simplemente para irme al gimnasio, cuidar mi salud, disfrutar de mi pareja o pasar tiempo con mi familia.
Porque también para eso se supone que trabajas, ¿no?
Con el tiempo entendí que estaba cometiendo una estupidez.
Empecé a delegar, a contratar personas y a dejar de meterme en cada maldita cosa.

Y descubrí algo.
El dinero que te ahorras haciendo el trabajo de un empleado puede salirte mucho más caro que contratarlo.
Porque hay hombres que creen que tener una empresa significa estar encerrados en ella hasta que se mueran.
Y luego presumen que llevan veinte años sin tomarse unas vacaciones.
Felicidades, cabrón.
Tienes una empresa.
Pero también tienes al empleado más explotado de todo el negocio.
Y lo peor es que ese empleado eres tú.
Yo también fui ese empleado.
Hasta que entendí que no había emprendido para pasarme la vida trabajando.
Había emprendido para algún día poder decidir qué hacer con ella.
Tú crees que eliges. Y muchas veces solo estás obedeciendo una idea que alguien sembró antes.
En 1929, las tabacaleras tenían un problema brutal: fumar en público seguía siendo tabú para muchas mujeres. Medio mercado estaba prácticamente cerrado.
Entonces apareció Edward Bernays, sobrino de Freud y uno de los pioneros de las relaciones públicas.
No vendió cig4rrill%s.
Vendi# libertad.
Durante el desfile de Pascua en Nueva York, un grupo de mujeres encendió cig4rrill*s frente a las cámaras. La acción fue preparada. La prensa estaba avisada. Y aquellos cigarros fueron presentados como “antorchas de libertad”.
De pronto fum4r ya no era solo fum4r.
Era independencia. Rebeldía. Igualdad.
Ahí entendí algo que nunca olvidé: la propaganda más poderosa no te ordena qué hacer.
Te entrega una identidad y consigue que tú mismo quieras comprarla.
Así que cada vez que escuches “esto es empoderamiento”, “esto es libertad”, “esto es progreso”, haz una pregunta incómoda:
¿Quién gana dinero si yo creo esto?
Porque a veces tu decisión nació mucho antes que tu
Estamos viviendo una recesión s3xu%^l.
Y no porque haya desaparecido el deseo.
Porque el mercad0 se volvió más duro.
Hoy puedes tener una generación de hombres jóvenes pasando meses sin s3x%^ mientras tienes una generación de mujeres que tiene un conteo de 60 a sus 22 años.
Eso significa algo incómodo para ti:
vas a tener que trabajar mucho más que tu abuelo para tener acceso a una muj3r realmente valiosa.
Pero escucha bien.
No te estoy diciendo que construyas físic0, diner0 y estatus para que una interesada más correteada que un T4x! finalmente te elija.
Qué miserable propósito sería ese.
Hazlo porque quieres estar fuerte, saludable, libre, tener dinero, viajar y vivir bajo tus propias reglas.
Y mientras construyes esa vida, aumentas tus opciones.
Tal vez algún día aparezca una muj3r femenina, leal y que realmente quiera construir contigo.
Perfecto.
Y si no aparece, tampoco perdiste.
Porque nunca estabas construyendo tu vida para encontrarla.
La estabas construyendo para ti.
Hay una diferencia enorme entre querer una pareja tradicional y querer un patrocinad%r.
Porque si tú esperas que un hombre pagu3 tus cuentas, resuelva tus problemas, te proteja y te proporcione una vida cómoda, yo tengo una pregunta bastante sencilla:
¿Qué gana ese hombre contigo?
Y no me salgas con que tú eres su paz.
Porque no hacerle la vida imposible a tu pareja no es una aportación extraordinaria. Es lo mínimo.
Una mujer tradicional entiende que recibir también implica aportar.
Y no estoy hablando de que pagu3s la mitad de la renta.
Estoy hablando de lealtad, feminid4d, reciprocidad y de construir una vida que ese hombre disfrute compartir contigo.
Pero aquí también hay hombres que aceptan cualquier trato con tal de tener una mujer a su lado.
Pag4n todo. Toleran todo. Mendigan afecto.
Y después se preguntan por qué los tratan como cajeros automáticos.
Hombre, tener diner% te permite ofrecer una buena vida.
Pero tener criterio te permite decidir quién merece compartirla contigo.
No confundas ser proveedor con financi4r a una mujer que no aporta absolutamente nada.










