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Filósofo, psicólogo y amante del futbol, diablo rojo de corazón #católico orgulloso de su fe. 100% guadalupano. Non fecit taliter omni nationi.

Joined August 2012
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Aviso a todo protestante que entre a mis publicaciones: son bienvenidos. Pocas veces he bloqueado a alguien, pero que quede claro: quien venga, que venga con buenos argumentos. Si llegan con tonterías, insultos o comentarios sin fundamento, simplemente serán ocultados. Antes de escupir odio o enojo, hay que pensarle tantito y, sobre todo, argumentar. También sería una irresponsabilidad de mi parte no subir el nivel teológico de los comentarios. Así que, si van a entrar al debate, vengan preparados y sus comentarios serán conservados. Sobre aviso no hay engaño.
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El grafito de Alexámenos: una evidencia externa de la adoración de Jesucristo en el cristianismo primitivo En el Palatino de Roma se encontró una inscripción conocida como el grafito de Alexámenos, que representa a un hombre crucificado con cabeza de asno y, a su lado, a otra persona con el brazo levantado en actitud de adoración. La inscripción, escrita en griego, dice: ΑΛΕΞΑΜΕΝΟΣ ΣΕΒΕΤΕ ΘΕΟΝ «Alexámenos adora a su Dios». La interpretación histórica más extendida identifica al crucificado con Jesucristo. ¿Por qué? Porque la representación combina la crucifixión con un acto de adoración y una inscripción que identifica al personaje adorado como Dios. ¿Por qué aparece una cabeza de asno? En el mundo antiguo existían acusaciones de onolatría (adoración de un asno) dirigidas contra judíos y cristianos. Estas burlas tenían antecedentes en asociaciones polémicas entre Yahvé y Seth-Tifón, una divinidad egipcia vinculada al caos. De hecho, Tertuliano, en su Apologético, capítulo 16, ya denunciaba las caricaturas y acusaciones de que los cristianos adoraban una cabeza de asno. Esto permite establecer un interesante paralelismo entre el testimonio arqueológico y las fuentes literarias cristianas de la Antigüedad. Una conexión simbólica que merece nuestra atención Resulta interesante observar cómo el asno también aparece en los relatos evangélicos, aunque con un significado muy diferente al de las caricaturas paganas. En la tradición cristiana del nacimiento de Jesús, especialmente en las representaciones iconográficas posteriores, encontramos al asno junto al pesebre. Asimismo, los Evangelios narran que Jesús entró triunfalmente en Jerusalén montado sobre un asno (Mt 21,1-11; Jn 12,12-15), cumpliendo la profecía de Zacarías 9,9. Podemos apreciar aquí un contraste teológico: aquello que en determinadas representaciones paganas podía utilizarse para ridiculizar la fe judía y cristiana aparece en la tradición cristiana asociado a la humildad, la paz y la realeza mesiánica de Jesús. ¿Cuándo fue realizado el grafito? La propuesta más extendida sitúa el grafito entre los años 180 y 230 d. C., aunque también se han planteado cronologías anteriores, incluso alrededor del año 85 d. C. La compleja historia constructiva del edificio y sus distintas fases arqueológicas forman parte de la discusión sobre su datación. ¿Qué hace tan importante este hallazgo? Que no procede de un cristiano intentando demostrar la divinidad de Cristo, sino de alguien ajeno a la comunidad cristiana que pretendía ridiculizar su fe. Sin embargo, esa burla nos permite conocer cómo desde fuera del cristianismo se reconocía que los cristianos adoraban a Jesús crucificado como su Dios. La ironía histórica es extraordinaria: quien pretendía burlarse de Alexámenos terminó dejando un testimonio de una convicción fundamental de la Iglesia primitiva: Jesucristo, el crucificado, era adorado como Dios.
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Esperemos que la Providencia le conceda al obispo Barrón la misma valentía para pronunciar estas palabras en Argelia, donde podría enfrentar la cárcel o incluso la muerte por parte del Estado. Ojalá esa misma firmeza se manifieste allí donde hay persecución y martirio, y no solamente aquí, en Twitter, desde la comodidad de Estados Unidos, con un presidente color naranja detrás de él.
Well, another Cardinal has come out with a, shall we say, puzzling take on evangelization. A few years ago, Cardinal Américo Aguiar, at the time auxiliary bishop of Lisbon, said that he and the other organizers of World Youth Day in his hometown had no interest in converting anyone to Christ. Now Cardinal Jean-Paul Vesco of Algeria has opined that “the Church is not there to convert” and “Christians should approach other religions through fraternity rather than seeking conversions.” Excuse me, but…what? Last time I checked, the Founder said, “All authority in heaven and on earth has been given to me. Go therefore and make disciples of all nations, baptizing them in the name of the Father and of the Son and of the Holy Spirit, and teaching them to obey everything I have commanded you.” Sure sounds like conversion to me. When St. Paul came to Corinth or Athens or Thessalonica, his purpose was not to listen or to form a discussion group but rather to declare an unnerving message: the euangelion (glad tidings) that Jesus Christ is risen from the dead. So impassioned is he for this work that he says, “I have become all things to all people, that I might by all means save some. I do it all for the sake of the gospel” (1 Cor. 9:22); and “If I proclaim the gospel, this gives me no ground for boasting, for an obligation is laid on me, and woe to me if I do not proclaim the gospel” (1 Cor. 9:16)! Moreover, the entire thrust of the Second Vatican Council was toward bringing the Light of Christ to the peoples of the world (Lumen Gentium). And this missionary élan has given rise in the last few decades to the idea of a “new evangelization,” which is to say, a fresh declaration of the Lordship of Christ. Quite obviously, no one thinks that this work of evangelization should be done in a brow-beating, overbearing, or disrespectful manner (proselytization), but for God’s sake, let’s not throw the baby out with the bathwater. If I really thought that the Church does not exist to bring people to Christ, then I would resign and get an honest job.
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El descubrimiento arqueológico de Megido, en Israel, cerca de Jerusalén, conocido por la inscripción de Akeptous y datado aproximadamente en el año 230 d. C., constituye un testimonio extraordinario de la fe cristiana primitiva: ya se llamaba explícitamente «Dios» a Jesucristo, casi un siglo antes del Concilio de Nicea (325). La inscripción dice textualmente: «Akeptous, la amante de Dios, ha ofrecido esta mesa a Dios Jesucristo como memorial». Y para que después no digan que fueron los gnósticos: estamos hablando de un testimonio arqueológico de una comunidad cristiana de Megido, en Tierra Santa.
There were no Trinitarians for the first 300 years of Christianity.
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El supuesto retorno de Lutero a la Escritura consistió, paradójicamente, en introducir el sola donde el texto bíblico habla de fe; cuestionar la canonicidad de la Epístola de Santiago y forzar la interpretación de san Pablo en Romanos para sostener una oposición entre fe y obras que el Apóstol no formuló en esos términos. Lutero terminó contraponiendo la fe a las obras hasta negarles valor meritorio en el orden de la salvación, ignorando que la gracia no excluye las buenas obras, sino que las hace posibles y meritorias en Cristo. En definitiva, Lutero no se limitó a volver a la Escritura: la sometió a su propia interpretación, a sus pasiones y a los conflictos interiores que lo atormentaban, convirtiendo su experiencia personal en el criterio para reinterpretar el Evangelio. Cuestionó los libros que incomodaban su sistema y convirtió el sola fide en una lente para releer a san Pablo. Cuando una doctrina necesita relegar a Santiago y forzar a Pablo para sostenerse, el problema no está en la Escritura, sino en quien pretende corregirla. Eso no es volver al Evangelio: es hacer del Evangelio un rehén de la propia teología y disfrazar de restauración lo que termina siendo una deformación.
Para nosotros, «Reforma» no significa hacer algo nuevo, sino «volver a la forma original» (ad fontes), depurando las formas añadidas que condicionan el evangelio y lo distorsionan como si fueran revelación divina.
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No queremos liturgias adaptadas LGBTQ, ni grupos que promuevan o relativicen el pecado. Ahora pretenden cambiar el Confiteor, supuestamente en nombre de una mayor inclusión, cuando el verdadero problema es que se corre el riesgo de desdibujar el sentido del arrepentimiento y de normalizar conductas contrarias a la moral católica. El Confiteor se reza como lo ha transmitido la Iglesia, porque confesar nuestros pecados implica reconocerlos, arrepentirnos y pedir la misericordia de Dios. La misericordia divina no elimina la justicia de Dios, ni el amor de Dios convierte el pecado en virtud. La doctrina católica distingue entre la persona, que siempre merece respeto y dignidad, y los actos que la Iglesia considera moralmente desordenados. Por eso, anunciar la verdad no significa despreciar a nadie, sino llamar a todos, sin excepción, a la conversión. No se puede predicar una misericordia que prescinda del arrepentimiento, ni una inclusión que exija silenciar la verdad moral. La Iglesia no está llamada a adaptar el Evangelio a las ideologías del momento, sino a anunciarlo íntegramente, con caridad y sin renunciar a la verdad.
What might the Confiteor sound like for LGBTQ Catholics? In the first essay in “An LGBTQ Catholic Guide to the Mass,” Ariell Watson Simon offers this adaptation: “Therefore I ask all my spiritual ancestors, queer saints, and you, the human family, to pray with me"
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Posiblemente, el Vaticano tenga muchas explicaciones para justificar por qué no se les permitió la entrada. Entiendo que existe una agenda de eventos programada con meses de anticipación y que no todo puede resolverse de manera inmediata. Pero estos peregrinos también son hijos de la Iglesia. Con frecuencia, pareciera que la carga se inclina hacia un solo sector, mientras que los católicos vinculados a la tradición litúrgica no siempre reciben la misma cercanía y comprensión. Es justo escuchar sus demandas y preocupaciones. No podemos hacernos de la vista gorda ni fingir que todo está bien en la Iglesia cuando existe una crisis de fe y un relativismo que se percibe en distintos ámbitos del mundo contemporáneo. Este post no es una crítica al Papa ni a la Curia romana. Es una reflexión personal sobre cómo debemos actuar como Iglesia. Si para algunos estos hijos son desobedientes, recordemos la parábola del hijo pródigo. Cuando el hijo regresa a la casa del padre, la respuesta es una fiesta, no el desprecio. De hecho, muchos biblistas prefieren llamarla la parábola del padre misericordioso, porque el relato no solo cuestiona la actitud del hijo que se marchó, sino también la del hijo mayor, que permaneció en casa, pero terminó mostrando su propio orgullo y resentimiento. Ambos necesitaban comprender el corazón del padre. Por eso, este mensaje también es una llamada de atención a todas esas personas que en Twitter celebran que se les prohíba la entrada. Sinceramente, me entristece y me duele el corazón. ¡Todos, absolutamente todos, somos parte de la Iglesia! Podemos amar a Dios desde distintos carismas y apreciar la inmensa riqueza litúrgica que la Iglesia ha recibido a lo largo de los siglos, siempre en comunión con ella. De mi parte, oro para que el papa León XIV los escuche, abra un canal de comunicación y busque caminos que permitan superar las divisiones. Oro para que puedan vivir su amor a Dios con libertad dentro de la legítima diversidad de los ritos de la Iglesia, en plena comunión con el Sucesor de Pedro. La unidad de la Iglesia no se construye celebrando que otros quedan fuera, sino buscando los caminos para que todos podamos encontrarnos en Cristo.
ÚLTIMA HORA: El Vaticano prohíbe la entrada a la Basílica de San Pedro a la Peregrinación Anual de la Misa tradicional en latín que comienza hoy Oremos por la paz litúrgica
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Qué vergüenza, como católico, ver a los obispos estadounidenses prestarse a este juego político. Tienen enfrente a un presidente abiertamente proisraelí que, en cada oportunidad, se permite proyectarse como si fuera Jesucristo, mientras descalifica al papa León XIV llamándolo woke y comunista. Y, por si fuera poco, tiene como asesora espiritual a una mujer que idolatra a Israel. El Evangelio no es propaganda política ni una coartada religiosa para los poderosos. Los obispos están llamados a ser una voz profética frente al poder, no instrumentos de su legitimación religiosa.
🇺🇸 | Arzobispos y obispos católicos oran con Trump en la Oficina Oval.
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Por eso no hay que creerle a cualquier «experto» en teología que aparece en Twitter. San Ignacio de Antioquía, en el siglo II, y san Agustín, en los siglos IV-V, son testigos de tradiciones litúrgicas antiguas, no de la misa tridentina. El primero está vinculado a la tradición antioquena; el segundo, a la tradición africana. El Canon Romano también tiene una historia de formación y desarrollo. Pretender que los Padres de la Iglesia celebraban exactamente la misa codificada en el Misal de 1570 es un disparate histórico. ¡La Tradición apostólica no significa que la liturgia haya sido siempre idéntica! Confundir la continuidad de la fe con la uniformidad de los ritos no es defender la Tradición: es desconocerla.
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El calvinismo no lo liberó del peso de la salvación: lo condenó desde la eternidad y lo llamó soberanía; presentó al hombre como radicalmente corrompido y lo llamó «depravación total». Pero la fe católica enseña que el pecado hirió la naturaleza humana, no la destruyó; que la gracia no anula la libertad, sino que la sana y la capacita para cooperar con Dios. Dios no crea al hombre para condenarlo ni predestina a nadie al pecado: quiere que todos se salven (1 Timoteo 2,4). La gracia salva; no convierte a Dios en autor de una condenación inevitable.
Calvinism set me free from the bondage of thinking my salvation ultimately depends on me.
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Les comparto la oración a San Miguel Arcángel, del papa León XIII. Recenla después de la Santa Misa, antes de dormir o en los momentos de lucha espiritual. Y un consejo más que mi mamá siempre me decía: conságrense a la sombra de San Pedro, como se narra en los Hechos de los Apóstoles (Hch 5, 15), donde los enfermos eran colocados en las calles para que, al pasar Pedro, al menos su sombra cubriera a alguno de ellos. ¡San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla! 🙏🏻
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Corrigiendo la Deforma: «La salvación es un regalo» ¿Cuántas veces has escuchado a los protestantes afirmar que la salvación es un regalo inmerecido y que, por tanto, no puede estar condicionada? Te presento a John M. G. Barclay, especialista en judaísmo antiguo y Nuevo Testamento. En su obra Paul and the Gift (Pablo y el don), analiza la concepción de la gracia en san Pablo a la luz de las prácticas de donación del mundo antiguo. Barclay nos ayuda a comprender algo fundamental: que un regalo sea gratuito no significa que no genere obligaciones para quien lo recibe. En el mundo antiguo, los dones podían establecer relaciones de reciprocidad, lealtad y responsabilidad. La gracia es un don inmerecido: Dios toma la iniciativa y nos concede la salvación por medio de Jesucristo. Pero este don no elimina la respuesta humana; transforma la vida de quien lo recibe y lo llama a la obediencia. 📖 ¿Qué dice la Biblia sobre nuestra respuesta al don recibido? 1. La gracia nos llama a una vida nueva. «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente». — Tito 2, 11-12. 2. La fe debe expresarse mediante las obras. «Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor». — Gálatas 5, 6. 3. La obediencia es parte de la vida cristiana. «Si me amáis, guardad mis mandamientos». — Juan 14, 15. 4. La salvación exige perseverancia. «Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo». — Mateo 24, 13. 5. Dios nos llama a obrar nuestra salvación. «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad». — Filipenses 2, 12-13. 6. No basta con escuchar la Palabra; hay que ponerla en práctica. «Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos». — Santiago 1, 22. Además, el don de Cristo no es una experiencia meramente individual: constituye una comunidad, un pueblo llamado a vivir conforme a la gracia recibida. Esta dimensión tiene un profundo sentido eclesial. Por eso, cuando alguien afirme que la salvación es un regalo que no puede rechazarse o que no exige una respuesta fiel, conviene preguntarse si está proyectando sobre el cristianismo primitivo una concepción moderna del regalo que excluye cualquier reciprocidad. La Escritura presenta la gracia como iniciativa gratuita de Dios, pero también llama al creyente a la fe viva, la obediencia, la perseverancia y el amor. La gracia es gratuita en su origen, pero transforma nuestra vida y nos llama a responder con fidelidad.
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San Juan Pablo II, ruega por nosotros. 🙏🏻❤️
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¿SABÍAS QUE…? El protestantismo pudo haber surgido, en parte, de una interpretación discutible que Lutero hizo de san Pablo. La investigación bíblica contemporánea, especialmente la Nueva Perspectiva sobre Pablo, cuestiona que las «obras de la Ley» se refieran a toda obra humana. En su contexto judío, Pablo también combatía la imposición de la Ley mosaica a los gentiles como condición para pertenecer al pueblo de Dios. ¿Y si Lutero, condicionado por sus propias inquietudes espirituales y las controversias del siglo XVI, proyectó sobre Pablo una oposición entre fe y obras más amplia que la del apóstol?
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¿Por qué solo el catolicismo puede salvar a Occidente? Porque coloca a Cristo en el centro de la vida y del bien común, y propone una economía centrada en la dignidad humana, el destino universal de los bienes y la justicia distributiva. El protestantismo y sus metástasis contemporáneas, particularmente el evangelicalismo, han contribuido a fragmentar la unidad cristiana y a cuestionar el patrimonio construido por el catolicismo. El judaísmo, al rechazar a Jesús como Mesías, sostiene una interpretación de las Escrituras distinta de la cristiana. Ciertas corrientes buscan construir una nueva narrativa religiosa e histórica de Occidente sin Jesús. Y el islam, al no poseer un sistema económico fundamentado en su religión que ofrezca una respuesta a Occidente, encuentra en corrientes fundamentalistas una vía de expansión basada en la imposición religiosa y la destrucción de los fundamentos cristianos de la civilización occidental. Occidente necesita recuperar sus raíces cristianas.
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Ni Halloween ni las 95 tesis de deforma: este 31 haré una indulgencia plenaria por el alma de Lutero… ¡por si las dudas, que nunca está de más rezar!✝
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Jesús, Mesías, Dios y Sacerdote: las figuras presentes en su nacimiento que nos ofrecen estas claves. Jesús como Mesías: El Evangelio de Lucas nos dice que María acostó a Jesús en un pesebre y que los primeros testigos de su nacimiento fueron unos pastores (Lc 2,7-18). Ante estos detalles, cabe plantearse algunas preguntas: ¿acaso José fue tan desconsiderado como para no prever las circunstancias del nacimiento del Mesías y procurar lo necesario para María y el niño? ¿Por qué Dios quiso que los primeros testigos fueran precisamente pastores, cuando existían prejuicios sociales contra ellos y algunas tradiciones judías cuestionaban su credibilidad, llegando a asociarlos con prácticas deshonestas? Estas preguntas nos invitan a profundizar en el significado teológico del relato. La elección de los pastores no tiene por qué reducirse a una cuestión circunstancial: nos permite descubrir una conexión con las grandes figuras pastoriles de la historia y con las tradiciones que asociaban el pastoreo con el gobierno, la protección y la conducción de un pueblo. En primer lugar, encontramos a David, el pastor elegido por Dios para convertirse en rey de Israel (1 Sam 16,11-13; 2 Sam 5,2). Su figura resulta fundamental para comprender la identidad mesiánica de Jesús, pues el Mesías había sido anunciado en relación con la descendencia de David. En segundo lugar, encontramos a Moisés, quien apacentaba el rebaño de su suegro cuando Dios se le manifestó y lo llamó para liberar a su pueblo (Ex 3,1-10). Ambos personajes nos ofrecen claves para comprender distintas dimensiones de la misión de Cristo: el gobierno mesiánico y la conducción del pueblo de Dios. A estas figuras podemos añadir la del faraón de Egipto. En la ideología real egipcia, el rey también podía ser representado como pastor de su pueblo, una imagen vinculada a su responsabilidad de gobernar, proteger y mantener el orden. Esta tradición amplía el horizonte simbólico de nuestra reflexión: la figura del pastor no se limitaba al ámbito religioso de Israel, sino que también podía expresar la autoridad real en otras culturas del antiguo Oriente. Sin embargo, en Jesús encontramos una diferencia decisiva: su autoridad no se manifiesta solamente en el gobierno, sino en la entrega de su propia vida por aquellos a quienes conduce. La relación entre el pastoreo y la identidad mesiánica de Jesús se vuelve todavía más clara cuando acudimos a los profetas. Estos anunciaron que Dios suscitaría un pastor que guiaría definitivamente a Israel. Ezequiel recoge esta promesa con palabras contundentes: «Les daré un solo pastor que las apaciente, mi siervo David: él las apacentará y será su pastor» (Ez 34,23; cf. Ez 37,24). Jeremías, por su parte, anuncia la llegada de un germen justo de David que reinará con sabiduría y justicia (Jr 23,5-6), además de prometer pastores que apacentarán al pueblo conforme al designio de Dios (Jr 23,4). Desde esta perspectiva, el contexto pastoril del nacimiento de Jesús adquiere una profundidad cristológica extraordinaria. Los pastores que reciben el anuncio angélico nos remiten a David y a la esperanza profética de un pastor definitivo para Israel. La imagen del faraón, por su parte, nos recuerda que el pastoreo también podía simbolizar la realeza y la responsabilidad de gobernar. No obstante, es en Cristo donde la figura del pastor alcanza su expresión definitiva: Él es el Rey y Mesías que gobierna sirviendo, protege entregándose y conduce a su pueblo hacia la vida. Jesús mismo declara solemnemente: «Yo soy el buen pastor» (Jn 10,11). Y añade que el buen pastor da su vida por las ovejas. Esta afirmación no solo evoca las imágenes pastoriles anteriores, sino que las transforma a la luz de su misión salvadora: Cristo no se limita a conducir al pueblo de Dios, sino que se entrega por él. Próximamente: Jesús como Dios…
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Si te dicen que la Eucaristía no contiene el sacrificio de Cristo de manera incruenta, ahí no es. ✝️
El Servicio Divino luterano es la liturgia eucarística tradicional de las iglesias luteranas, entendida no como un sacrificio que el ser humano ofrece a Dios, sino como el acto en el que Dios desciende para servir a los fieles mediante Su Palabra y los sacramentos.
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¿Jesús: Mesías, Dios y Sacerdote? Análisis semiótico, pragmático y hermenéutico de la Anunciación y el nacimiento de Cristo. Un estudio a partir de la Sagrada Escritura, la Tradición de la Iglesia y una investigación interdisciplinaria. En los próximos días compartiré algunos avances. X limita la extensión de las publicaciones, así que aquí presentaré lo esencial. Quien desee profundizar en el tema puede solicitarme el documento completo en PDF por DM.
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¿Y cuál es el secreto de tu felicidad, de que te vaya bien en la vida y de que estés tan enamorado de Dios y de su Iglesia? Detrás de mí hay una madre que lleva 50 años rezando el rosario todas las noches, pidiéndole a Dios que me bendiga. Una madre que me enseñó a amar a Dios y a María Santísima. ❤️🙏🏻
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Lo que dice el padre suena muy bonito y parece que todo lo que afirma es verdad al cien por ciento. Sin embargo, esa enseñanza no expresa por sí sola la plenitud de la fe católica. Cuando asistimos a la Santa Eucaristía, vamos, ante todo, a dar culto a Dios. No acudimos simplemente a buscar consuelo emocional, descargar nuestras penas o satisfacer nuestras necesidades personales. En la liturgia, la Iglesia entera se une a Cristo para rendir al Padre el culto que le es debido. El hombre entra en el misterio divino, no para convertirlo en una experiencia a su medida, sino para adorar al Señor. Si piensas que la Eucaristía consiste únicamente en lo que tú recibes o en cómo te hace sentir, todavía no has comprendido toda la profundidad del culto católico. La fe no se mide por lo bonito que te hace sentir una celebración ni por cuántas citas bíblicas sabes de memoria. Se manifiesta en reconocer a Dios como Señor de nuestra vida y perseverar en su adoración, incluso cuando no recibimos el consuelo sensible que desearíamos. La tradición católica nos enseña que la vida espiritual también implica combate, purificación y perseverancia. Hay desiertos y noches oscuras, como experimentaron los grandes santos. No siempre sentiremos fervor, alegría o consuelo al orar; sin embargo, la ausencia de esas sensaciones no significa que Dios esté ausente. La fe no depende de nuestras emociones, sino de nuestra adhesión a Dios, que permanece fiel incluso cuando atravesamos la aridez espiritual. Por eso, cuando alguien afirma que una Eucaristía fue hermosa porque hubo muchos aplausos, se leyó la Biblia, sonó una guitarra o el sacerdote pronunció un discurso conmovedor, conviene preguntarle: ¿juzgamos la liturgia por lo que nos hizo sentir o por su orientación al culto divino? Ninguno de esos elementos es malo por sí mismo; el problema aparece cuando se convierten en la medida de la celebración y se desplaza a Dios del centro para poner al hombre y sus emociones en su lugar. Como nos recuerda el prefacio común de la liturgia romana: «Aunque no necesitas nuestra alabanza, es don tuyo el que seamos agradecidos; y aunque nuestras bendiciones no aumentan tu gloria, nos aprovechan para nuestra salvación». Dios no necesita nuestra alabanza, porque su gloria es infinita y no puede aumentar ni disminuir. Sin embargo, nosotros sí necesitamos adorarlo, porque Él es nuestro principio y nuestro fin último. La adoración no añade nada a la perfección divina, sino que nos ordena hacia Aquel para quien fuimos creados. La liturgia católica tiene dos dimensiones inseparables: la glorificación de Dios y la santificación del hombre. No tenemos que elegir entre dar gloria a Dios y recibir sus dones; precisamente al rendirle el culto debido, recibimos de Él la gracia que nos santifica. La Santa Eucaristía no está diseñada para entretenernos, satisfacer nuestros gustos o producir emociones a voluntad. En ella, Cristo nos incorpora a su ofrenda al Padre y nos comunica los frutos de su sacrificio. El centro no somos nosotros, ni el sacerdote, ni la música, ni la emoción colectiva: el centro es Cristo, que ofrece al Padre el único sacrificio redentor y nos hace partícipes de sus frutos para nuestra salvación.
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Acá un sacerdote católico te desmiente
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