Levanté la vista y ahí estaba ella, y bastaron unos segundos, solo dos o tres, los justos para enamorarse de aquella loca malhumorada con los ojos más bonitos que he visto jamás.
Su recuerdo aún manipula mis pensamientos y emociones.
Cuando me expone a sentirme en ocasiones tan vulnerable al punto de poder encontrar incluso refugio en la melancólica.