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LA HISTORIA QUE NOS CONTARON NECESITABA QUE OLVIDÁRAMOS DEMASIADAS COSAS
Necesitaba que olvidáramos que la Independencia fue también una guerra civil.
Que apenas unos días después del 5 de julio ya se colgaron a los primeros disidentes y se exhibieron en picas sus cabezas.
Que millares de venezolanos combatieron contra quienes se apropiaron del título de patriotas. Contra quienes pretendieron venir a «liberarlos» por la fuerza.
Que hubo pueblos enteros que defendieron la Monarquía, con hombres de todas las clases, desde el indio, el esclavo y el pardo hasta el mantuano.
Que la Guerra a Muerte tuvo antecedentes que el relato escolar dejó fuera.
Que en la Campaña Admirable Bolívar ejecutó a todos —«casi sin excepción»— los peninsulares y canarios civiles de nueve pueblos enteros.
Que después ordenó pasar por las armas a miles de prisioneros peninsulares, canarios y criollos recluidos en las mazmorras de La Guaira y Caracas.
Que se fusiló, ahorcó, descuartizó y persiguió en nombre de una República que todavía estaba siendo impuesta.
Que España no había dejado allí tres siglos de oscuridad, como decían los «libertadores», sino una sociedad, unas instituciones, unas ciudades, una lengua, una religión y una civilización de la que nosotros mismos formábamos parte.
Pero se necesitaba, finalmente, que olvidáramos al hombre para poder fabricar al ídolo.
Porque Bolívar no sólo terminó convertido —sin mérito alguno para serlo— en héroe nacional, sino en el símbolo que nos redime de una supuesta condición de víctimas coloniales que jamás tuvimos.
De ese culto y de esa usurpación histórica surgió una Venezuela que durante dos siglos aprendió a buscar otro Bolívar cada vez que fracasaba el anterior.
𝘌𝘭 í𝘥𝘰𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘥𝘦𝘷𝘰𝘳ó 𝘢 𝘴𝘶 𝘱𝘶𝘦𝘣𝘭𝘰 no fue escrito para sustituir una leyenda por otra. Fue escrito para hacer algo mucho más urgente: devolverle a nuestra historia todo lo que hubo que quitarle para que la leyenda pudiera sobrevivir.
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X. P.
Sí, pero eso es sólo la mitad del asunto, la otra mitad es el conjunto de instituciones internacionales que suponen reflejar el progreso de la civilización occidental, y son apenas las guaridas de su atraso.
Replying to @xavierpadilla
Aliarse con Trump fue y continua siendo un error estratégico garrafal para los venezolanos y para la oposición. Trump siempre actúa como lo que es: un populista autoritario neo-imperial que concibe del poder solamente en términos de control y que concibe de la seguridad nacional de EEUU como apropiación de geografías y recursos. Jamás como defensor de derechos o soberanía de terceros.
Venezuela no es uno de los fracasos del mundo, sino el papá de los fracasos del mundo, porque allí hubo incluso intervención.
Replying to @xavierpadilla
Pero no "el fracaso del Mundo" yo diria que uno de los fracasos del Mundo; el primero y de mas vieja data es Cuba. ONU es un organismo inútil, anacrónico que se ha destacado en proteger gobiernos y no gente.
Las instituciones internacionales no fueron creadas para decidir si las tiranías que asfixian a los pueblos son merecidas por ellos, sino para cumplir con sus compromisos. Por eso Venezuela —el caso Venezuela— es el fracaso del mundo.
Replying to @xavierpadilla
Todas esas instituciones fueron creadas para dirimir impases entre países. Nunca fueron creadas para influir internamente en la politica.
El fracaso de Venezuela no es el fracaso del mundo sino de los venezolanos, que no damos pie con bola desde que nos arrancaron del Gran Imperio español.
El petróleo es lo que nos mantiene interesantes para potencias extranjeras, y como cabeza de playa para la destrucción de la cultura occidental.
Seria bueno que entendiéramos que depende de nosotros. Siempre ha dependido de nosotros. Y siguiéndole la corriente a Trump y a Marco Rubio es que tenemos chance de dejar de ser país tutelado en los próximos 10 años.
Xavier Padilla — X. P. retweeted
Clase de Resumen...👏👏👏👏👏👌
Como para guardarlo y mostrarlo a futuras generaciones en materia de Historia.
Venezuela, la niña que es salvada de una violación por un Sadico, para luego ser violada por el.
VENEZUELA ES EL FRACASO DEL MUNDO
El mundo creó la ONU, la OEA, la CIDH, la Corte Interamericana y la Corte Penal Internacional. Firmó cartas, tratados, convenciones y declaraciones. Proclamó los derechos humanos, la soberanía popular y el derecho de los pueblos a la democracia. Creó observadores, relatores, misiones, comisiones y tribunales. En fin, puso por escrito una cantidad impresionante de reglas para que un gobierno no pudiera hacer con un pueblo lo que le diera la gana.
Y llegó Venezuela. Una banda de delincuentes se apoderó de un país, destruyó sus instituciones, controló los poderes públicos, encarceló adversarios, torturó, mató, saqueó y mandó a millones de personas al exilio. Y no lo hizo a escondidas. Lo hizo delante de todo el mundo.
¿Y qué hizo el mundo? Informes. Magníficos informes, por cierto. Miles de páginas con fechas, nombres, víctimas, cárceles, torturas y responsables. También hubo resoluciones, comunicados, condenas, reuniones, investigaciones y sanciones. La Corte Penal Internacional abrió una investigación. Naciones Unidas documentó crímenes. La OEA pfff… Todo muy serio, muy formal. ¿Y entonces? El diente de oro del chavismo siguió brillando.
Hasta que Estados Unidos hizo lo que ninguna de aquellas instituciones había podido hacer: usó la fuerza y sacó a Maduro de Miraflores.
Uno pensó que ahora sí. Había unas elecciones, unas actas, un resultado. Todo en bandeja de plata para la democracia. Tocaba desmontar el aparato represivo y devolverles Venezuela a los venezolanos. Bastaba un empujoncito. Un movimiento del meñique.
Pues no. Maduro salió. Delcy quedó. El chavismo perdió a Maduro, pero allí sigue. Ahora tiene nuevos padrinos. Porque EEUU, que tiene la fuerza que nunca tuvieron todos aquellos tratados juntos, descubrió algo bastante más urgente: el petróleo.
Entró en Venezuela, capturó al jefe, dejó a quien firmaría un acuerdo de cien años sobre 17 campos y unos 65.000 millones de barriles y, vamos a ponerlo facilito, el derecho internacional puede seguir escribiendo miles de páginas sobre la destrucción de Venezuela. Ahora más que nunca.
Háblennos de institucionalidad. Primero tuvimos un derecho que no pudo hacer nada. Después, un poder que podía hacerlo todo y… tampoco. Decidió hacer otra cosa.
Qué maravilla. ¿Y Venezuela? Aquí estamos, como la prueba de que los principios son sagrados: allí permanecen intactos.
La hipocresía internacional también.
X. P.
VENEZUELA ES EL FRACASO DEL MUNDO
El mundo creó la ONU, la OEA, la CIDH, la Corte Interamericana y la Corte Penal Internacional. Firmó cartas, tratados, convenciones y declaraciones. Proclamó los derechos humanos, la soberanía popular y el derecho de los pueblos a la democracia. Creó observadores, relatores, misiones, comisiones y tribunales. En fin, puso por escrito una cantidad impresionante de reglas para que un gobierno no pudiera hacer con un pueblo lo que le diera la gana.
Y llegó Venezuela. Una banda de delincuentes se apoderó de un país, destruyó sus instituciones, controló los poderes públicos, encarceló adversarios, torturó, mató, saqueó y mandó a millones de personas al exilio. Y no lo hizo a escondidas. Lo hizo delante de todo el mundo.
¿Y qué hizo el mundo? Informes. Magníficos informes, por cierto. Miles de páginas con fechas, nombres, víctimas, cárceles, torturas y responsables. También hubo resoluciones, comunicados, condenas, reuniones, investigaciones y sanciones. La Corte Penal Internacional abrió una investigación. Naciones Unidas documentó crímenes. La OEA pfff… Todo muy serio, muy formal. ¿Y entonces? El diente de oro del chavismo siguió brillando.
Hasta que Estados Unidos hizo lo que ninguna de aquellas instituciones había podido hacer: usó la fuerza y sacó a Maduro de Miraflores.
Uno pensó que ahora sí. Había unas elecciones, unas actas, un resultado. Todo en bandeja de plata para la democracia. Tocaba desmontar el aparato represivo y devolverles Venezuela a los venezolanos. Bastaba un empujoncito. Un movimiento del meñique.
Pues no. Maduro salió. Delcy quedó. El chavismo perdió a Maduro, pero allí sigue. Ahora tiene nuevos padrinos. Porque EEUU, que tiene la fuerza que nunca tuvieron todos aquellos tratados juntos, descubrió algo bastante más urgente: el petróleo.
Entró en Venezuela, capturó al jefe, dejó a quien firmaría un acuerdo de cien años sobre 17 campos y unos 65.000 millones de barriles y, vamos a ponerlo facilito, el derecho internacional puede seguir escribiendo miles de páginas sobre la destrucción de Venezuela. Ahora más que nunca.
Háblennos de institucionalidad. Primero tuvimos un derecho que no pudo hacer nada. Después, un poder que podía hacerlo todo y… tampoco. Decidió hacer otra cosa.
Qué maravilla. ¿Y Venezuela? Aquí estamos, como la prueba de que los principios son sagrados: allí permanecen intactos.
La hipocresía internacional también.
X. P.
Hablé de «cronología de la violencia». No me salto nada, pues la masacre perpetrada por los republicanos en Sabana del Teque (seguida de un saqueo monumental a las Arcas de la provincia de Venezuela) fue en 1811, a cinco días de fundada la República. Y, hasta donde sabemos, 1811 es antes de 1812, 1813 y 1814.
Replying to @xavierpadilla
Y no solo eso. Salta entre los episodios como si fuera opcional seleccionarlos a conveniencia y la historia no funciona así. Si hablamos del decreto de guerra a muerte fue una respuesta a las masacres cometidos por españoles en 1812 y 1813 . En 1820 se dió por terminado.
Ajá, ahora sí hay un argumento.
Pero Ud confunde dos cosas. Yo no he dicho que las contradicciones sociales, raciales o de casta fueran artificiosas. Digo que fue artificiosa la conversión de aquella complejísima guerra civil en una frontera nacional: «americanos aquí y españoles allá».
Y el mejor documento para demostrarlo es precisamente el Decreto de Guerra a Muerte. El americano recibe la vida aun siendo culpable; el español, la muerte aun siendo indiferente. Más aún: el español que sirva a la República será «reputado y tratado como americano».
¿Lo ve? «Americano» ya no describe simplemente lo que alguien es: define políticamente de qué lado debe estar.
Y la realidad se obstinó en desmentir esa división: miles de pardos, mestizos y llaneros americanos combatieron del lado realista.
Las contradicciones de casta eran reales. Convertirlas en «americanos contra españoles» fue una operación política.
Justamente de eso estamos hablando.
X. P.
Replying to @ConstanDeMiguel @xavierpadilla
Primero: calificar de artificiosa la guerra de liberación es reduccionismo. No son artificios las contradicciones de casta y estructura racial que impuso la corona. El decreto de GaM no inventó una división, politizó la frontera de exclusión edificada por el propio sistema
«Locus de enunciación», «neohispanismo», «método eurocéntrico», «mito fundador», «Monarquía como civilización», «República como barbarie», «antiguo», «retrógrado»…
Magnífico. Ahora que ya clasificó, etiquetó y archivó al autor, pruebe con el argumento.
Poleo afirma que la Guerra a Muerte fue necesaria para «plantear una guerra entre naciones»: «americanos aquí y españoles allá». Yo señalo que eso confirma precisamente mi afirmación sobre la artificiosa transformación de una guerra civil en guerra de liberación.
¿Dónde está el error histórico?
Con una fecha, un documento o un argumento me basta. El «locus de enunciación» puede descansar un rato.
X. P.
Replying to @xavierpadilla
Este locus de enunciación de neohispanismo con un claro método eurocéntrico, que pretende romper el mito fundador de las Repúblicas americanas desde una perspectiva de la Monarquía como civilización y la República como barbarie: es bastante antiguo y retrógrado.
Perdón, pero la masacre de los canarios de Sabana del Teque ocurrió apenas días después del 5 de julio de 1811. Y no mucho después ya Miranda ordenaba la ejecución de frailes. Revisar la cronología de la violencia no muerde.
Replying to @xavierpadilla
El decreto de guerra a muerte de Bolívar fue una respuesta a las masacres ejecutada por Cerveriz, Zuazola, Rosete, quienes siendo protagonistas realistas venían ya de conocer las barbaries ejecutadas por Monteverde. Pero Bolívar es el malo.
Gracias por la clase de «Historia no elemental». Tiene un pequeño inconveniente. Ud acaba de confirmar exactamente lo que escribí: que detrás del relato heroico encontramos «una guerra civil transformada en guerra de liberación».
Ud me corrige explicando que la Guerra a Muerte fue «necesaria» para plantear una «guerra entre naciones» donde antes había otra guerra: «americanos aquí y españoles allá».
Caramba, Rafael. Esa es mi tesis.
La diferencia es que yo no considero un detalle menor el procedimiento utilizado para fabricar ese «americanos aquí y españoles allá»: «Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes».
Y después saca la estampita del abrazo con Morillo: Bolívar, terminada su terrible pero «necesaria» Guerra a Muerte, emprende magnánimamente la reconciliación.
Sólo le falta un pequeño detalle a su Historia no elemental: España.
En 1820 se produce el pronunciamiento de Riego, Fernando VII jura la Constitución de Cádiz, comienza el Trienio Liberal y cambia la política española hacia América. Desde España llegan instrucciones de buscar una negociación. El armisticio y el Tratado de Regularización no fueron una iluminación humanitaria que descendió repentinamente sobre Bolívar siete años después de su decreto.
Y el propio Tratado de Regularización dejó escrita una expresión bastante menos piadosa para describir lo que pretendían terminar: «la guerra de exterminio que ha devastado hasta ahora estos territorios convirtiéndolos en un teatro de sangre».
Pero reconozco que Ud me ha facilitado mucho el trabajo. Yo digo que una guerra civil fue transformada en guerra entre naciones, y Ud dice que la Guerra a Muerte fue necesaria para plantear una guerra entre naciones.
Si eso es una «extravagancia de derechista primario», Sr Poleo tenga cuidado: Ud acaba de hacerse derechista conmigo.
X. P.
Este señor Padilla con sus extravagancias de derechista primario está empeñado en antagonizar a España y América. La Guerra a Muerte fue necesaria para plantear una guerra entre naciones en vez de la guerra de clases que había-criollos aristocráticos contra pueblo comandado por españoles. O sea, americanos aquí y españoles allá. Logrado esto, emprendió la reconciliación abrazando en Trujillo a Morillo, eliminando la guerra a muerte al firmar un tratado de regularización de la guerra y encomendando a Sucre, su mejor general profesional, un programa que dio a los realistas exiliados licencia para regresar con disfrute de las propiedades que dejaron al exiliarse. Pasa que la Historia elemental es un relato de la confrontación, omitiendo el menos espectacular pero más interesante del reconocimiento de Venezuela por España y el establecimiento de relaciones entre las dos naciones.
EL ROMANTICISMO DE LAS IZQUIERDAS HISPANOAMERICANAS
El marxismo proporcionó a la izquierda hispanoamericana un vocabulario moderno para interpretar la historia. Pero debajo de «clases», «estructuras», «explotación» y «relaciones de producción» sobrevivió una imaginación mucho más antigua.
La doctrina podía ser marxista, pero la imaginación política siguió siendo romántica.
Ese romanticismo excede el sentimentalismo. Organiza la historia alrededor de personajes morales: el héroe excepcional frente al poder, el rebelde frente al orden establecido, el mártir que confirma con su sacrificio la autenticidad de la causa. Frente a ellos están el imperio, la oligarquía y el traidor; en medio, un pueblo inocente que espera ser liberado. La política adopta así la forma de un drama cuyo desenlace promete redención. Bolívar, Martí, Sandino, el Che, Fidel o Allende ocupan lugares distintos dentro de ese repertorio, pero su fuerza simbólica puede desbordar el balance de sus actos y sus resultados. El Che fracasa militarmente y aumenta su potencia como símbolo. La derrota de Allende consolida una épica. El sacrificio puede confirmar la grandeza de una causa y el fracaso incluso protegerla del examen al que estaría sometida si hubiese triunfado.
El héroe derrotado disfruta de una ventaja: el mundo que prometió y nunca existió permanece disponible para la imaginación. Una revolución que gobierna afronta una prueba distinta. Puede producir miseria y represión y conservar su pureza mientras la responsabilidad encuentre un destino exterior: el bloqueo, el imperialismo, la oligarquía, la traición o la desviación. El ideal permanece inocente mientras la realidad carga con la culpa.
Pero la izquierda hispanoamericana no inventó esa imaginación romántica de la política. Había crecido dentro de repúblicas que llevaban generaciones narrando su propio nacimiento mediante una dramaturgia semejante. La Independencia había organizado ese relato alrededor de libertadores, mártires, sacrificio, sangre, un pueblo oprimido, una tiranía extranjera, una redención y finalmente el nacimiento de la patria. La izquierda del siglo XX cambió los personajes sin alterar la dramaturgia. España cedió su lugar a EEUU; el Imperio español, al imperialismo yanqui; el libertador, al guerrillero; la Independencia, a la revolución; los realistas, a la oligarquía; la patria liberada, a la sociedad socialista. El revolucionarismo del siglo XX heredó, pues, la gramática emocional de la religión independentista que la cultura republicana llevaba generaciones transmitiendo mediante la escuela, el culto cívico, los monumentos y el relato nacional. Lo que sobrevive es una forma de ordenar moralmente la historia: quién oprime, quién libera, quién traiciona y qué acontecimiento promete la redención.
Dentro de ese relato, el enemigo es derrotado, la ruptura se consuma y la patria queda fundada; el relato, sin embargo, puede sobrevivir incluso después de haber alcanzado su desenlace. Para comprender esa supervivencia hay que observar qué lugar puede ocupar el relato en la identidad de quienes aprendieron a reconocerse dentro de él. El relato no perdura únicamente como una explicación del pasado: puede perdurar como una explicación de uno mismo.
El individuo, al reconocerse como heredero de los oprimidos o de quienes los liberaron, no sólo adopta una interpretación histórica: ocupa él mismo un lugar moral dentro de ella. Una causa puede formar parte de la respuesta que una persona da a la pregunta de quién es. El perseguido, el resistente, el liberador, el hombre que lucha contra una injusticia no describen sólo conductas. Pueden definir al personaje en el que uno se reconoce. La desaparición de la causa amenaza entonces algo más que una convicción: sin el conflicto que daba sentido a ese personaje, queda en peligro también una parte de la propia identidad. Frente a esa amenaza opera una
institución, el escenario seguirá montado. Si el romanticismo político ha resistido tantas derrotas es porque no depende de que sus héroes venzan ni de que sus revoluciones triunfen. Su épica sólo necesita conservar el lugar del liberador para que siempre haya algo nuevo de lo cual liberarnos.
Llevado hasta sus últimas consecuencias, ese mecanismo permite reconocer finalmente un personaje: el revolucionario perpetuo.
Aunque proclame el futuro, necesita conservar el instante fundador. Promete un mundo nuevo, pero su identidad depende de repetir el acto antiguo que le dio sentido: liberar, romper, refundar. El futuro queda subordinado así a la reproducción del origen. Por eso cada generación recibe otra vez una patria pendiente, otra Independencia, otra liberación, otra ruptura. La revolución perpetua no avanza hacia su consumación: regresa una y otra vez al punto desde el cual puede volver a proclamarse necesaria. Vista desde esa relación con el tiempo, la obsesión por la ruptura muestra una contradicción. Cada ruptura proclama una nueva separación del pasado y al mismo tiempo reproduce el gesto fundador. Cambian las cadenas y los enemigos; permanece el acto que distribuye los papeles y devuelve a cada generación la posibilidad de representar nuevamente al liberador. Cada nuevo rompimiento confirma así la identidad de quien lo ejecuta.
Pero aquel momento fundador no ocurrió necesariamente como la memoria política lo conserva. La cultura que procura regresar desde hace dos siglos al instante en que aprendió a imaginarse liberadora conoce aquel instante a través del relato que hizo de la Independencia la emancipación de un pueblo oprimido por una potencia extranjera. La guerra civil, la resistencia de sectores de la población, la pluralidad de lealtades y la violencia empleada para imponer la nueva soberanía complican radicalmente esa imagen.
El origen al cual se pretende regresar puede ser, pues, en buena medida una construcción de la misma narración que enseñó a regresar a él. El relato produce al liberado; el liberado encuentra después en ese mismo relato la prueba de que siempre lo fue.
Pero ningún liberador existe sin aquello de lo cual libera. La reproducción indefinida del personaje depende también de conservar una determinada lectura del enemigo original. No basta con encontrar nuevos enemigos. Si España ya no representa únicamente al opresor; si el realista puede pertenecer también a «los nuestros»; si la patria no aguardaba unánimemente que sus libertadores rompieran las cadenas, el escenario fundador pierde la claridad moral que permitía reproducirlo.
La revisión histórica toca entonces algo más delicado que una interpretación historiográfica: toca la biografía imaginaria de una identidad. Si el origen deja de ser el instante puro de liberación que el relato necesitaba, también cambia la relación posible con él. Ya no es necesario regresar para repetirlo.
Una relación distinta con la historia exige aceptar que ninguna generación ocupa un punto cero. Quien así lo entiende puede recibir instituciones que no fundó, corregirlas sin destruirlas, aceptar límites, negociar, perder, obedecer procedimientos y entregar a otros un orden que seguirá existiendo sin él. La identidad del revolucionario perpetuo, por el contrario, tiene dificultades para
reconocerse como heredera de una historia: necesita protagonizar otra vez su fundación. En un caso dominan fundar y refundar; en el otro, recibir, modificar y transmitir.
Recibir una herencia no significa aceptarla intacta. Cada generación encuentra instituciones, lenguas, conflictos, afectos, errores, deudas y logros que no escogió. Puede abolir unas cosas, preservar otras y crear algunas nuevas. Puede ejercer su libertad sobre lo recibido sin presentar todo lo anterior como una servidumbre de la cual necesita liberarse. Transformar una herencia no exige destruir la continuidad que permite recibirla.
Frente a la necesidad de regresar al instante fundador queda otra posibilidad: aceptar una historia que no elegimos, actuar dentro de ella y transmitirla sin atribuirnos el privilegio de protagonizar su comienzo ni su desenlace. Esa posición obliga a aceptar algo que la épica redentora difícilmente tolera: ninguna generación resolverá definitivamente la historia. Recibimos un mundo anterior a nosotros y entregaremos otro que continuará sin nosotros.
La obsesión por la ruptura encierra una última paradoja. Aquello que se presenta como una búsqueda incesante de futuro puede esconder una fidelidad extraordinaria al pasado. Una cultura puede pasar dos siglos regresando al instante en que aprendió a imaginarse liberadora, aunque ese instante no haya ocurrido exactamente como se lo contaron. Cada regreso podrá llamarse nueva Independencia, nueva liberación o nueva revolución.
Pero mientras necesite volver al origen para saber quién es, seguirá buscando en el futuro la oportunidad de repetir su pasado.
X. P.
LOS «DEFECTOS HUMANOS» DE BOLÍVAR: EL ÚLTIMO REFUGIO DEL CULTO
Decir que Bolívar tuvo defectos es el último refugio del culto cuando los documentos ya no sostienen al héroe de mármol.
Nos dicen: «Cometió errores, fue contradictorio, tuvo grandezas y miserias; era, después de todo, un ser humano».
Por supuesto que lo era. Nadie en su sano juicio pensó nunca que Bolívar fuese un robot venido del futuro ni un extraterrestre que descendió a libertar planetas. También eran humanos todos los hombres a quienes la historia juzga por sus actos.
La cuestión no es descubrir que Bolívar tenía defectos, es mucho más grave: ¿qué ocurre si examinamos aquello que llamamos sus «defectos» y descubrimos que algunos pertenecen precisamente al centro de su actuación política?
La Guerra a Muerte no fue un defecto de carácter.
La ejecución de prisioneros no fue una flaqueza humana.
La matanza de civiles peninsulares y canarios no fue una contradicción personal.
Su ejercicio de la dictadura no fue una imperfección.
Su proyecto de presidencia vitalicia no fue una arruga en el rostro del héroe.
Son hechos históricos, y los hechos plantean una pregunta que la humanización de Bolívar insiste en evadir: ¿qué queda del héroe cuando dejamos de disculpar al hombre?
Esa humanización no es desmontaje. Es maquillaje.
¿La crueldad queda absuelta por la sola condición humana de quien la ejerce? Es como si a Nerón se lo absolviera por haber tenido hambre o a Calígula por haber amado alguna vez.
Porque desmontar un mito no puede simplemente consistir en concederle defectos al personaje y conservar intacta su grandeza. Debe consistir en volver a las fuentes, reconstruir sus actos, medir sus consecuencias y preguntarse si el prestigio posterior resiste lo que encontramos.
De eso trata 𝘌𝘭 í𝘥𝘰𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘥𝘦𝘷𝘰𝘳ó 𝘢 𝘴𝘶 𝘱𝘶𝘦𝘣𝘭𝘰.
Detrás del héroe encontramos una guerra civil transformada en guerra de liberación. Encontramos una sociedad hispánica convertida retrospectivamente en colonia. Encontramos vencedores apropiándose del nombre de la patria.
Un ídolo al que se le permiten todos los defectos con tal de que ninguno altere su condición de héroe sigue siendo un ídolo.
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Papel, Kindle y audiolibro.
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X. P.