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La vida misma es un evento extraordinario y nosotros tenemos el privilegio de caminar sus senderos.
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Cuando era niña, mi padre se negó a que recibiera clases de religión. No quería que me adoctrinaran en ninguna fé. Así que los profesores me mandaban a la biblioteca. Así empecé a leer y escribir cuentos. Y aprendí a estar sola.
Buenos días. Buenos libros. Y café.
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Lorca tenía un jardín en el pecho y esta mujer lo tiene en la garganta. Ufff... ❤️🩹
youtube.com/watch?v=ft4qigSb…
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Soy todo lo que siento. Pienso. Y sueño. Un ojalá con corazón. Y un silencio lleno de suspiros que dicen todo lo que no puedo.
Amanece. Y el monte quien primero lo sabe,
antes que el pastor,
antes que el pájaro,
antes que yo,
que aún sueño que despierto.
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El sentido de la vida es la belleza. Todos buscamos una casa bonita, un paisaje bonito, un cuadro bonito, personas bonitas... La belleza es la ausencia de miedo.
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Las victorias son los nombres, la mesa, el perro y las manos. Incluso el error del teclado.
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Me gustan los besos con lengua. Con la lengua llena de verdades. Con las verdades dichas suavemente.
«¿Quién les pone nombre a los ríos?».
Pierre Michon: «Los dos Beune» (2024).
Ya se sabe: la Naturaleza no obedece las leyes humanas, pero hombres y mujeres atienden sus leyes desde el origen de los tiempos. Solo varían los usos y las costumbres de cada época, pero no así los desgarros del amor y el deseo, tan ancestrales y solemnes como el ciclo de la semilla en el barro que germina a semejanza de las pasiones humanas: sentimientos sublimes y bajos instintos que parecen escapar a la lógica y sin embargo las leyes naturales dotan de sentido.
Meros habitantes de paso, el mismo gesto une generaciones de seres bajo el signo indomable y a la vez dócil de la Naturaleza, cuyo rostro, de mirarlo de frente, es tan hermoso como terrible. Los dos ríos (el Beune Grande y el Beune Chico) transcurren apacibles o revueltos, y aunque nunca acontecen dos veces ante la mirada pasajera de quien recorre sus orillas, su trayecto es similar al del amor, el anhelo, el ardor que siguen la corriente, hacen aguas o se desbordan.
Paisaje y memoria, barro y paisaje, memoria y barro sobre el que queda impresa la huella humana, hecha a imagen y semejanza de su juicio, unas veces irracional y otras tantas lúcida como el talento que la gobierna, la maneja y en ocasiones emplea en reescribir la misma huella en que nos reconocemos.
























