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Periodista, he dirigido el Máster de El Correo/UPV-EHU y Territorios; autor de varios libros y premio Periodistas Vascos. Dirijo el Aula de Cultura de El Correo

Bilbao
Joined August 2010
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Definitivamente: cuando están en el poder (sea directa o indirectamente) pierden la perspectiva. El Estado es una cosa, el Gobierno, otra. La Administración es una cosa, el partido político, otra. Los que apelan a la democracia no saben lo que es la democracia
“Televisión Española es libre de tener una línea editorial, como es libre Telecinco o Antena 3 y nadie se escandaliza por ello”. Un presentador de la tele pública reconociendo que TVE actúa como ariete del Gobierno y él como comisario político. Y nadie se escandaliza… Tremendo.
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«El ministerio atribuye a «un lapsus de la persona encargada de editar el documento» en inglés la omisión del párrafo que precisamente avisaba de una «cadena de averías» y (que desmonta el relato de) la versión de Puente»
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Este tipo de opiniones proviene de gente que desconoce por completo el mundo del libro. Voy a explicarlo con un ejemplo personal. En febrero del año que viene, publicaré mi nueva novela. Hasta ahora, han trabajado en ella un autor, un editor, dos editores de mesa, tres correctores, un portadista y un ilustrador. Nueve personas han trabajado en el libro a falta de la corrección final y la maquetación. Después irá a la imprenta, se distribuirá y se venderá en las librerías. Al final, en un título comercial trabajan no menos de 15 personas. Todas las cuales, sin excepción, tienen que cobrar. Y ya digo yo que todas cobran, pero menos de lo que deberían. La industria editorial es un negocio de márgenes muy ajustados. De precariedad, en muchísimas ocasiones. No me canso de repetir que el libro es un producto muy barato cuyo PVP cubre los gastos y poco más. Por eso, defender la piratería con argumentos peregrinos es de idiotas o de ignorantes. O de ambas cosas.
La gente no piratearía si las cosas fueran asequibles y además ya no nos da pena el “es que los autores no ganan si no compras” porque a lo mejor el culpable no soy yo sino su editorial y distribuidora que hace que de 25€ el autor reciba 1€.
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Replying to @SimancasRafael
🚨 Rafael Simancas acaba de publicar la matriz oficial de las cuatro grandes mentiras de Moncloa. 🧨 Desmontar los cuatro puntos de Simancas con documentos oficiales, matemáticas y normativas europeas es el golpe definitivo al relato del Gobierno: 🔍 LA DEMOLICIÓN FORENSE DE LAS 4 MENTIRAS DE RAFAEL SIMANCAS 1️⃣ "El sistema LZB no está obsoleto" 📄 Documento oficial de la UE (2024): la Comisión Europea concedió 111 millones de euros al Gobierno en 2024 calificando formalmente de "OBSOLETA" la línea Madrid-Sevilla y urgiendo a su sustitución integral. 🛠️ Criterio técnico: el LZB se instaló en 1992 (hace 34 años). En Alemania (su país de origen), Deutsche Bahn ya lo ha retirado porque no existen repuestos industriales en el mercado para sus tarjetas electrónicas de los 90. 📉 El dato empírico: el LZB se cayó 170 veces en 10 meses en 2026 (fallaba el 56% de los días del año). Decir que un sistema que colapsa cada dos días "no está obsoleto" es un insulto a la razón. 2️⃣ "El ERTMS no se retrasa por ahorro sino por garantías" ⏳ Iba a entrar en servicio en 2023, luego en 2025 y lo aplazaron a 2027. 💶 El fraude a Bruselas: como certificó el Gobierno en el Hito 87 del Plan de Recuperación (PRTR) para cobrar los miles de millones de fondos NextGen, el Ejecutivo aseguró a la UE que la modernización de la señalización estaba completada. Cobraron el dinero de Europa pero mantuvieron a los viajeros corriendo a ciegas sobre el LZB viejo. ⚠️ ¿Garantías? La única "garantía" de retrasar el ERTMS han sido 70 muertos en Urda y una línea clausurada hasta Navidad. 3️⃣ "No se gasta menos en mantenimiento sino más" 🎭 La trampa nominal desmentida por CCOO y laSexta: el presupuesto bruto subió un 44% (gran parte devorada por la inflación de materiales), pero el tráfico de trenes y viajeros se disparó un 99%. 🗣️ Según denunció la secretaria general de CCOO Ferroviario (Pepa Páez): la inversión real en mantenimiento por viajero ha caído un 28% en cinco años. 📉 En céntimos de euro constantes por viajero-km, el gasto en alta velocidad cayó a 2,0 céntimos en 2025: EL MÍNIMO HISTÓRICO DE LA DEMOCRACIA (frente a los 4,2 céntimos de 2011). 🔧 El mantenimiento puro por tren-km se hundió a 3,61 €/tren-km. Metisteis el doble de toneladas sobre la vía recortando el mantenimiento por unidad a la mitad. 4️⃣ "La liberalización era una obligación de la UE" 🇪🇺 La Directiva del Cuarto Paquete Ferroviario de la UE obliga a abrir el mercado a la competencia, PERO subordina expresamente la concesión de surcos a la capacidad técnica y seguridad de la infraestructura. 🚫 La UE jamás obligó a meter tres operadoras simultáneas en una línea con el LZB caducado y un centro de control saturado (un regulador para 40 trenes). Eso lo hizo Adif para recaudar cientos de millones en cánones sin gastarse un euro en reforzar la seguridad.
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La superioridad moral de la izquierda. Qué descanso debe de dar meter una papeleta en una urna y salir santificado. Yo he votado a la izquierda y a la derecha y siempre he vuelto a casa siendo la misma pájara. Igual me iba demasiado pronto y la superioridad la repartían después, con las mesas ya recogidas. Pero en qué eres mejor persona que alguien que no vota como tú? Qué haces para serlo, aparte de decirlo? Querer que los demás vivan mejor? Conozco a gente de ambos lados que quiere eso y discrepa sobre cómo conseguirlo. Podemos discutir las medidas, sus efectos y lo que cuestan. Lo que no veo es cómo has pasado de defender un programa a considerarte mejor que el de enfrente. Con los impuestos pasa algo de eso. Puedes defender que bajen y pagar hasta el último céntimo. Puedes defender que suban y preguntar cuánto sale sin factura. Todos conocemos a unos cuantos del look at my beautiful heart, LAMBH para abreviar, que sufren por los hospitales, las escuelas, los pobres, los ancianos, y luego arreglan lo suyo en negro. Tienen un corazón que no les cabe en el pecho, pero al bolsillo no les llega. A lo mejor tanto corazón les aplasta la parte del cerebro que calcula el IVA. Defender la solidaridad queda bien, pero poner tu parte ya exige levantarse a por la cartera. Yo voy digiriendo como puedo la posibilidad de tener que votar a la ultraderecha para impedir que un tío que me parece un peligroso capullo gobierne mi país, y no pago absolutamente nada en negro. Debo de estar llevando mal lo de convertirme en monstruo, porque sigo financiando hospitales. Me gustaría saber qué me falta para alcanzar la decencia de alguno de estos LAMBH. Pagar, ya pago. Igual tengo que contarlo llorando. Lo de amar al prójimo también me interesa porque algunos de estos LAMBH, a mí, me odian con ardor. Me lo dicen a menudo, que yo estaba tan tranquila dentro de la humanidad, creyendo que era una más, y resulta que no. Ese paso del amor universal al odio particular me tiene muy fascinada. Cómo puedes querer a ocho mil millones de personas y atascarte conmigo, que soy pequeña y discreta. Será porque me da por reírme cuando discrepo? Se habían puesto solemnes diciendo algo que debía hacerme ver lo buenos que eran, y me estoy descojonando tanto que casi me caigo de la silla. Algunos me sacarían por el pelo. Y sin sentirse mal. Siempre encuentran la manera de que una se merezca lo que están deseando hacerle. Creo que ahí está el lío. Hay quien lleva tanto tiempo sintiéndose de los buenos que ha dejado de mirar cómo se porta. Si te trata mal, algo habrás hecho. Así puede llamarte hija de puta y acostarse convencido de que ha defendido la decencia. Y en política habrá que mirar también lo que consigues. Querer ayudar no demuestra que sepas hacerlo. Puedes tener unas intenciones preciosas y organizar una mierda que tengamos que pagar entre todos. Habrá que poder preguntar por la mierda sin que vuelvas a enseñarnos el corazón. Ya lo hemos visto. Ahora estamos con las cuentas, no seas moñas. Si una medida hace daño, habrá que corregirla, aunque se te ocurriera llorando por los más pobres. Que la cursilería no te impida ver los hechos. Por eso los falsos malos suelen caerme bien. Los gamberros, los que pinchan, los que se saben la mala leche y te hacen reír porque quitarte un rato malo de encima también es un servicio humanitario. Alguno será un cabrón de verdad, tampoco llevo un detector detrás de la oreja. Hablo de esos que tienen una boca que da miedo porque dicen realmente lo que piensan y luego se portan bien sin testigos. Esos, esos son los que me gustan. El falso bueno te puede hacer una putada y quedarse esperando que admires sus motivos. Hasta tendrás que consolarlo por lo mal que le ha sentado que te quejes. Y todavía se cree mejor que tú. Yo a esos se los dejo a los que se gustan mucho, que se junten y se lo digan entre ellos, que a mí me da la risa y luego se les acaba el amor y les hace gracia si me pasa algo malo. A ver si su única superioridad va a ser lo superiores que se creen.
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Lo peor de que un ministro haya hecho mal su trabajo no es eso. Es que, luego, quienes han ido detrás han tenido la coartada perfecta para tapar su propia incompetencia. "¿Qué me dicen ustedes de lo que hizo X? Tampoco dimitió".
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Ludwig van Beethoven - Symphony No. 9, Op. 125 II. Molto vivace Herbert von Karajan | Berliner Philharmoniker
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Me retuiteo, que es sábado. 👇
No es que no dimita prácticamente nadie, es que nadie asume los errores: autocrítica debe de ser el nombre de un grupo indie.
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Artículo 14 apunta a que el Iryo habría desaparecido de las pantallas. Puente asegura que los controladores veían los trenes en todo momento #TEM30O
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Mi aportación al ya clásico especial de Territorios sobre la muerte. @TereAbajo me pidió un tema sobre un personaje que se redime a la hora de la muerte de una vida poco digna. Y me acordé del general De la Rovere. elcorreo.com/culturas/territ…
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Según Pedro Sánchez, de todos sus ministros, el único que se merece la dimisión es Maxim Huerta.
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En mi carta de hoy a los suscriptores de @elcorreo_com hablo de los libreros de ayer, que desafiaban a la Policía vendiendo libros prohibidos y organizando tertulias clandestinas, y los de hoy, que cancelan la presentación de una escritora por su postura ante una ley polémica.
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No traspaséis nunca la línea roja que separa al idealista del acólito. No confundáis principios con líderes jamás.
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Lo peor de que un ministro haya hecho mal su trabajo no es eso. Es que, luego, quienes han ido detrás han tenido la coartada perfecta para tapar su propia incompetencia. "¿Qué me dicen ustedes de lo que hizo X? Tampoco dimitió".
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"No es ningún drama no aprobar los Presupuestos; no tener otros no es ningún drama ni un obstáculo para la legislatura" (Óscar Puente).
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Enric Juliana considera que Óscar Puente debería dimitir: "Hacerse cargo no significa declararse culpable" #TEM30O
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Dimitir no es confesarse culpable Un ministro recibe varias advertencias sobre el deterioro de un servicio público. Los problemas se acumulan, las soluciones se retrasan y finalmente ocurre una catástrofe. Comparece ante los periodistas y asegura que no ha cometido ningún delito. Quizás tenga razón, pero nadie le estaba preguntando por eso. En política hemos terminado confundiendo dos responsabilidades que nunca fueron la misma. Una cosa es responder ante un juez por haber infringido la ley y otra responder ante los ciudadanos por cómo se ha ejercido el poder. Lo primero puede terminar en una condena. Lo segundo puede terminar en una dimisión, incluso cuando no exista delito alguno. La responsabilidad política comienza precisamente donde no alcanza el Código Penal. Cuando el poder dejó de pertenecer a quien lo ejercía La dimisión política moderna nació con el desarrollo del parlamentarismo. Durante siglos, los ministros respondían principalmente ante el monarca, pero conforme los parlamentos fueron conquistando poder, apareció una exigencia, que quien gobernara debía poder ser apartado por razones políticas, no solamente por problemas con la justicia. En 1782, el primer ministro británico Lord North abandonó el Gobierno después de los desastres de la guerra de independencia estadounidense y la pérdida de respaldo parlamentario. El cargo público dejaba de ser una posesión personal para convertirse en una responsabilidad temporal. Y la dimisión adquirió una función esencial, la de permitir que las instituciones sobrevivieran a los errores de sus dirigentes. No hace falta robar para perder la confianza En Noruega, dos ministras abandonaron sus cargos en 2024 por controversias relacionadas con plagios académicos. En Nueva Zelanda, Michael Wood dimitió en 2023 por problemas con la declaración y gestión de participaciones financieras. En Finlandia, el ministro de Economía Vilhelm Junnila dejó el Gobierno ese mismo año porque una controversia política había comprometido su continuidad. No eran situaciones idénticas, pero compartían una característica, que la responsabilidad pública no se reduce a esperar una sentencia penal. En el Reino Unido se ha llegado a establecer expresamente en su Código Ministerial que un ministro que engañe deliberadamente al Parlamento debe ofrecer su dimisión. Tiene lógica porque si el Parlamento recibe información falsa de quienes gobiernan, ¿cómo puede controlar su actuación? España tampoco carece de ejemplos. José Manuel Soria dimitió en 2016 y Màxim Huerta lo hizo en 2018, sin que sus salidas respondieran a condenas penales. Sin embargo, los ejemplos individuales no bastan para demostrar que un país tenga una cultura de responsabilidad más exigente que otro. Dimitir también puede ser una irresponsabilidad Aquí aparece una paradoja. Imaginemos que un ministro descubre deficiencias graves heredadas de sus antecesores. Las reconoce, pone en marcha soluciones y, antes de completarlas, ocurre un accidente. Su dimisión podría interrumpir una gestión necesaria sin resolver ninguno de los problemas. O pensemos en un gobernante que toma una decisión difícil, técnicamente fundamentada, y obtiene un resultado negativo que no podía prever razonablemente. ¿Debería marcharse por el simple hecho de que las cosas salieron mal? Gobernar implica asumir riesgos, decidir con información incompleta y enfrentarse a circunstancias que no siempre pueden controlarse. Si cada fracaso obliga a dimitir, se termina premiando a quien nunca decide nada. También existe la dimisión utilizada como escapatoria. Un responsable abandona el cargo, desaparece de la actualidad y deja a su sucesor la tarea de explicar los errores. Dimitir y rendir cuentas no son sinónimos. Se puede hacer lo primero sin cumplir lo segundo. ¿Y cuando hay muertos? Una catástrofe introduce una responsabilidad especialmente delicada. El número de víctimas no determina automáticamente la culpabilidad de un ministro, pero tampoco convierte su actuación en irrelevante. Hay que investigar qué se sabía, desde cuándo se sabía, quién recibió las advertencias, qué decisiones se adoptaron y cuáles se aplazaron. También qué recursos existían y quién tenía autoridad para intervenir. Un trabajador puede cometer un error. Un sistema puede estar mal diseñado. Un departamento puede acumular años de negligencias. Y varias de esas circunstancias pueden coincidir. La investigación penal buscará posibles delitos y responsabilidades individuales. La investigación técnica intentará reconstruir las causas. Y la responsabilidad política deberá examinar las decisiones de quienes tenían el deber de dirigir, supervisar y prevenir. Son preguntas diferentes, aunque se refieran a los mismos hechos. La presunción de inocencia protege frente a condenas penales sin pruebas suficientes, pero no elimina la obligación de explicar una gestión pública. La Constitución española ya lo sabía El artículo 108 de nuestra Constitución establece que "el Gobierno responde solidariamente en su gestión política ante el Congreso de los Diputados". Un Gobierno puede perder la confianza parlamentaria sin que ninguno de sus miembros haya cometido un delito. Y un ministro puede perder la confianza del presidente por razones que nada tengan que ver con los tribunales. La Constitución española no obliga a dimitir por un fracaso administrativo. La exigencia política y la obligación jurídica no siempre coinciden. Por eso resulta insuficiente convertir cualquier controversia en una discusión sobre si existen pruebas para condenar a alguien. También sería injusto transformar cada acusación, cada error o cada accidente en una exigencia inmediata de dimisión. Entre ambos extremos debería existir algo parecido a una cultura de responsabilidad. El problema no es cuántos dimiten Japón tiene una tradición muy visible de disculpas y renuncias públicas. Italia, en cambio, ha conocido numerosas crisis gubernamentales por no haber "cultura de la dimisión". Nada de esto permite establecer una clasificación sencilla entre países buenos y malos a la hora de dimitir. Una democracia puede registrar muchas dimisiones porque exige responsabilidades o porque atraviesa una inestabilidad permanente. Otro país democrático puede registrar pocas dimisiones porque funciona razonablemente bien o porque sus dirigentes están protegidos por sus partidos. La frecuencia, por sí sola, explica poco. Lo verdaderamente importante es que existan controles independientes, investigaciones rigurosas, transparencia y consecuencias cuando se acreditan incumplimientos. La dimisión es una de esas consecuencias. No necesariamente la única. La diferencia entre servir y permanecer Hay una última cuestión que suele quedar sepultada entre declaraciones, acusaciones y defensas partidistas. Un político puede no haber cometido ningún delito y haber perdido la confianza necesaria para continuar. Otro puede haber cometido un error importante, reconocerlo, corregirlo y conservar razones suficientes para seguir trabajando. La decisión depende de la gravedad de lo sucedido, de su responsabilidad efectiva, de la confianza institucional y de su capacidad para solucionar el problema. No existe una fórmula matemática que resuelva todos los casos. Precisamente por eso necesitamos instituciones capaces de investigar, parlamentos dispuestos a controlar y ciudadanos que no confundan la responsabilidad política con la fidelidad a unas siglas. La dimisión no debería ser una ceremonia de sacrificio para satisfacer a la oposición. Pero tampoco la permanencia en el cargo debería convertirse en una prueba de resistencia personal. El poder público no pertenece a quien lo ocupa. Se le confía durante un tiempo, bajo determinadas reglas y para cumplir unas funciones. La pregunta no debería ser solamente si un político ha hecho algo ilegal. También debería ser si ha cumplido con las responsabilidades que justificaban entregarle ese poder. Y cuando la respuesta es "no", una democracia necesita algo más que esperar a que intervenga un juez.
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➡️ Isaac Blasco sostiene que Óscar Puente reorganizó la cúpula de Transportes por afinidad política #TEM30O
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